VIII. Fin

          Hay días de consulta que son reflejo de la vida misma, días en los que uno piensa que para esto sería mejor no haberse levantado. Aparece la señora del dolor de espalda incurable, el entrenador atacado porque su pupilo no va a poder disputar la fase final del torneo inter-barrios de fútbol “siete” y el operado por rotura meniscal –y con una artrosis que ya se le advirtió sólo tenía soluciones de corte mucho más radical- que ya lleva un mes con la rodilla hinchada. Son días en los que la lista de veinte pacientes que pone mi secretaria encima de la mesa, da auténtico vértigo, plagada como está de dolores impenitentes, diagnósticos filosóficos y poca realidad palpable, de esa que nos gusta a los traumatólogos, que somos unos ácratas descreídos, situados en la marginalidad del academicismo médico. Nos gusta la mecánica pura y dura, el diagnóstico claro, el hueso roto para ser más explícito. Nos gusta lo que se ve y lo que se toca. Nos gusta ser útiles, resolver casos prácticos. Otros colegas son útiles de otra manera, su oficio está en la diatriba investigadora, en la disquisición científica y hasta en el apoyo moral o la psicoterapia. Son otras formas de ser útiles y prácticos pero la nuestra es más esencial, mucho más simple.

          Hoy es uno de esos días y lo afronto con la resignación de quien sabe que habrá otros mejores. Van cinco pacientes y voy superando como puedo el requerimiento de informes periciales, la queja sobre el grosor de la cicatriz –explico que eso no es culpa mía sino de la capacidad del paciente para hacer queloides-, el gesto torcido del paciente a quien aconsejo la visita a un reumatólogo porque su dolencia no es cosa de mi especialidad y, lo peor, la respuesta más demoledora que un paciente puede ofrecernos a la pregunta obligada de “cómo se encuentra Vd.”: “Igual que antes de operarme” Eso sí que es bajar el tono moral del cirujano. No un “peor” que tenga posibilidades de mejorar con la evolución o, si me apuran, que sea consecuencia del fracaso de la intervención -con eso ya cuenta la estadística inmisericorde que no perdona ni al mejor cirujano del mundo-, sino un “igual” que viene a ser algo así como un “lo que me ha hecho no ha servido para nada” ¡A ver quién es capaz de responder a eso sin descomponer el gesto! Se te hiela la sonrisa de bienvenida y das la vuelta alrededor de la camilla, fuera del campo visual del paciente, para que la bajada de comisuras labiales no parezca tan brusca.

          Hoy –digo- es uno de esos días y cualquier muestra de comprensión, cualquier signo positivo en el reconocimiento que el operado hace de su evolución, es un regalo inapreciable. Me reconforta, me reconcilia con el cuerpo virtualmente colegiado de mis queridos pacientes. Miro desde mi sillón ergonómico la puerta del despacho y allí aparece Margarita, operada hace mes y medio por la rotura de su ligamento cruzado, exhibiendo su más luminosa sonrisa y una marcha sin muletas en la que sólo una mirada experta es capaz de explicar con justicia técnica la causa de su leve cojera: todavía le falta un punto de elasticidad para que la extensión completa, que ya logra cuando fuerza los movimientos en rehabilitación, se consiga de forma automática durante la marcha.

          La evolución es muy satisfactoria. Margarita lo percibe y lo manifiesta, muestra sus progresos, dobla y estira la rodilla, camina forzando el paso para hacerlo más natural… espera mi veredicto.

          -Está muy bien, pero que muy bien. Ha conseguido restablecer la movilidad, ha desaparecido el derrame de los primeros días y, lo más importante, la rodilla es muy estable. Ahora tenemos que conseguir un volumen muscular aceptable, pero eso ya le advertí que tardaría mucho más tiempo. Es cuestión de paciencia y perseverancia en la rehabilitación programada. También, de una buena evolución… de buena suerte, vamos. Si todo va bien, volvemos a usar la rodilla y todo el miembro inferior con gestos naturales, que son en definitiva los que devuelven el aspecto previo de muslo y pierna. Tenemos que usar los músculos y ellos solitos recuperan su apariencia y su función.

          Repasamos el programa de rehabilitación postoperatoria: una semana de reposo absoluto con apoyo tolerado para desplazamientos imprescindibles como ir al baño, dos semanas de marcha con muletas y otras tres con rehabilitación intensa, ya sin ellas, para recuperar la movilidad. Nos encontramos en este punto; han pasado seis semanas desde la intervención.

          -Ahora se trata de normalizar todo, automatizar logros de la rehabilitación, usar su rodilla de la forma más natural posible… y recuperar el tono funcional. Vamos a trabajar la musculatura.

          -¿Podré usar las máquinas de gimnasio?

          -En principio, no. Las máquinas son muy útiles pero tienen que ser usadas por gente experimentada, controlando muy bien las cargas para evitar daños colaterales como, por ejemplo, una tendinitis del rotuliano. Eso sería una catástrofe que retrasaría muchos meses la recuperación. Le recomiendo insistir en el trabajo de piscina, caminando contra la resistencia del agua en las zonas más bajas y realizando ejercicios “de pedaleo” donde cubra, usando incluso un chaleco lastrado que aumente la dificultad del ejercicio. También puede aumentar la intensidad y el tiempo dedicado al pedaleo con bicicleta estática, incluso con bicicleta de paseo, insistir en la musculación isométrica de cuádriceps, dar largos paseos y empezar a trotar suavemente.

          -¿Usted cree que seré capaz de todo eso?

          -Vamos a dejar una cosa clara, Margarita: esto no es una competición, ni siquiera un entrenamiento programado. Es una vuelta a la normalidad aplicando el sentido común, adaptándonos a las características de cada paciente… a “sus” características. Si vemos que el trabajo es excesivo, si aparecen signos de fatiga o molestias puntuales, tendremos que ralentizar el trabajo y volver después a la carga. Lo que más cuenta es su propia sensación.

          -¿Podré volver a esquiar?

          -En teoría podrá realizar cualquier tipo de actividad previa a la lesión. Digo “en teoría” porque no le voy a ocultar que esta lesión marca, de alguna forma, su futuro deportivo. Un profesional del deporte está obligado a arriesgar pero una persona como usted no debe hacerlo. Podrá esquiar aunque le recomiendo utilizar una rodillera como medida de seguridad.

          -¿Y jugar a golf?’

          Ay, Margarita, Margarita… que no me pregunta si podrá volver a trabajar en la fragua…

          -Claro que sí, cuando esté totalmente repuesta y no tenga ningún tipo de molestia. Para deportes con pala o raqueta le recomendaría mucha prudencia porque suelen ser más explosivos. Requieren acciones bruscas, cambio de dirección,… aumentan las situaciones de peligro. Pero eso ya lo iremos viendo. De momento, relájese. Vuelva progresivamente a su vida previa, disfrute la estabilidad de su rodilla y recupere suavemente las sensaciones de normalidad.

          Entre muestras de satisfacción, sonrisas y apretones de mano, despido a Margarita, que sale de la consulta con un plus de seguridad añadido, sin la conciencia del recuerdo que este cirujano guarda de otros casos como el suyo tratados en épocas menos felices de la reparación del cruzado, cuando se abría la rodilla, se inmovilizaba seis semanas y tardaba un año en recuperar la movilidad. La veo caminar más allá del dintel de la puerta, perdiéndose en la curva del pasillo, y vuelvo a mi lista de citados con el ánimo recompuesto. Desvío la mirada a mi derecha. En el suelo, apoyado en la pared, descubro el paquete depositado con discreción por la señora del dolor de espalda inveterado. Una nota de pulida caligrafía y una caja de pastas caseras. Y caigo en la cuenta de que la pobre señora me está agradecida, que mi rato de atención comprensiva, las buenas palabras, la enésima exploración de una espalda que conozco de memoria, el esfuerzo de imaginación para buscar alternativas de tratamiento que arrojen una esperanza, han sido recompensados. Es la muestra de cariño de una de mis más fieles pacientes, que sabe algo que desmiente mi pose de traumatólogo descreído: mucho antes que cirujano, antes y sobre todas las cosas, aunque tenga una lista de pacientes como los de hoy, soy médico.

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

3 comentarios

  • Buenos dias;
    Soy un fisioterapeuta asturiano que tambien trabajo en el mundo del deporte y en clinica privada.
    He estado leyendo tus(perdon por las confianzas) articulos y la verdad es que me han encantado, ademas de por la forma por el contenido.
    Estoy de acuerdo contigo en el 99% de las cosas y te prometo que eso no es nada facil, ya que no se si es por juventud o por genetica me encanta llevar la contraria. jajajajajaja
    Un fuerte abrazo y espero que continues escribiendo estos geniales articulos.

  • Mira que es difícil estar de acuerdo con los tiempos que corren… Si hablamos de Medicina, de deporte o de los dos a la vez, mucho más difícil. Me encanta coincidir contigo, mucho más si te gusta llevar la contraria. A lo mejor es que también yo soy de los que se ponen en el bando de las minorías. Un fuerte abrazo y la invitación a que me visites cuando quieras. De todas formas estaré pronto en tu tierra. Doy una conferencia en un curso de entrenadores de fútbol en Gijón. Espero que nos veamos.

  • Hare todo lo posible por ir a verte a esa confererecia.
    La invitacion la tendre en cuenta y espero q nos podamos conocer cuando vengas a mi tierra.
    Te dejo mi mail por si necesitaras cualquier cosa.
    edu_mieres@hotmail.com
    Un fuerte abrazo y un enorme placer.

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