VII. El alta hospitalaria

          El día que sigue al de quirófano, paso visita por las habitaciones a primera hora de la mañana. Compruebo la evolución postoperatoria de las primeras horas y evalúo las posibilidades de que el paciente pueda ser dado de alta a lo largo del día. Son las ocho de la mañana y en la planta se viven momentos de relevo; las enfermeras de noche pasan el parte de incidencias a las que acaban de entrar. No les gusta mucho que les interrumpa pero, en realidad, nunca es el momento apropiado. Si están descansando, molesta la intromisión y si están muy ocupadas, molesta igualmente. Se ha perdido mucho de la instrucción de enfermería pero también las “empresas” se han hecho más duras, ajustan el personal y contamos con menos medios humanos para ofrecer una atención personalizada.

          No veo ninguna enfermera en el control. Están todas atendiendo las habitaciones. En el pasillo están los carros de curas y de comida para servir el desayuno. Siento el trajinar de auxiliares y enfermeras abriendo y cerrando puertas. Entro en el control para hacer las recetas de la medicación que entregaré a cada paciente. Los cirujanos contravenimos algunas de las normas que dictan nuestros sabios compañeros de Medicina Interna. Aunque no es la pauta más adecuada, he optado por prescribir antibiótico a todos los pacientes operados. También receto un anticoagulante. La incidencia de complicaciones vasculares es mínima pero todos hemos tenido algún caso. Preferimos prevenirlo con la administración de un inyectable diario durante un período que nos aconsejan sea de unos veinte días. En pacientes sin riesgo previsible, lo rebajo a diez.

          Tengo que localizar las enfermeras por el piloto verde de la habitación que encienden para marcar su presencia. Espero a que salga alguna al pasillo y le echo el lazo.

          -Buenos días. Necesito un alma caritativa que me acompañe para hacer las curas.

          -Le atiende mi compañera. Es que yo estoy…..

          Casi siempre me atiende la compañera de la primera que me encuentro. Me adelanto a la habitación 105 con el recado de que espero a que traiga el caro de curas.

          -Buenos días, Margarita –me acerco hasta la ventana para levantar la persiana y dejo que la habitación se inunde de luz- ¿Qué tal noche ha pasado?

          -Hola, doctor. Hacia la una de la mañana tenía dolor pero me han administrado un analgésico y se me ha pasado. No he dormido muy bien porque he dado muchas vueltas. Por el calor, ya sabe…

          -Si, es normal. Vamos a ver cómo está esa rodilla.

          Levanto la sábana y compruebo que presenta una flexión de unos treinta grados. Toda la pierna está rotada hacia fuera, como cayendo por efecto de la gravedad, totalmente abandonada.

          -Vamos a ver, Margarita: que “esto” es su pierna; no una masa inerte ajena a su cuerpo. Tiene que reconocerla y controlarla y sentirla. Haremos la prueba del “9”. Levante la pierna estirada.

           -¡Uff! No puedo, doctoooooor.

          -¡Claro que puede! Lo que pasa es que se ha olvidado de que tiene pierna, la ha aislado mental e inconscientemente. Tiene que volver a sentirla. Empiece por contraer el muslo… ¡Bien fuerte! Eso no es fuerte; eso ni se nota.

          -Pues hago todo lo que puedo, doctor.

          -No es suficiente. O levanta la pierna, o se queda ingresada. Usted verá.

          Margarita hace denodados esfuerzos por levantar la pierna. Al principio levanta la otra, hace gestos de querer levantarla con la musculatura del glúteo, se le dobla por la rodilla… finalmente consigue elevarla unos centímetros. Le animo sin dejarle respirar un segundo y consigue elevarla unos treinta centímetros, que es lo que le pedía.

          -¿Ve cómo sí puede? Es cuestión mental; no física. Hay que recuperar las sensaciones y entonces es fácil. No crea que sólo le pasa a usted. Es normal después de la operación pero hay que vencer la dificultad porque, si no, pueden transcurrir días y días sin lograrlo. Y la musculatura se atrofia, no circula la sangre… todo se complica.

          La enfermera entra en ese momento con el carro. Si ha dicho “buenos días” no le he oído. Respeto su silencio y voy pidiendo:

          -Gasas con Betadine… apósitos pequeños… venda de crepé. Puede continuar con su trabajo en la planta. Ya me arreglo solo…. y muchas gracias.

          -Gracias a usted –Parece que se ablanda un poco, ahora que está liberada, y me dedica una media sonrisa antes de marcharse, cerrando la puerta tras de sí.

          -Bueno, Margarita, todo listo. Puede irse a casa en cuanto desayune. Lleva escritas las instrucciones en la receta: un comprimido de antibiótico cada ocho horas y un pinchazo de anticoagulante en la tripa cada día durante diez días. Antes de marcharse pasará la enfermera para retirarle la vía que tiene en el codo y le explicará cómo tiene que pincharse. Es muy sencillo: lo puede hacer usted o alguien de la familia. Se trata de coger un pliegue de la piel del abdomen… así –hago una pequeña demostración práctica simulando la situación sobre la tripa de la paciente-, se limpia con un poco de alcohol y ya sólo queda pinchar en el tejido subcutáneo con una aguja muy pequeña que ya viene preparada.

          Espero unos segundos a que calen mis instrucciones. La experiencia dicta que los pacientes están preocupados por la situación actual, más pendientes de la rodilla que de las instrucciones y es preciso concederles un poco de tiempo para que las asimilen.

          -Para bajar al coche vendrán a recogerla con una silla de ruedas pero después, en casa, puede caminar con cuidado, ayudada por esas muletas.

          Me giro hacia los bastones que he visto apoyados en un rincón y retiro la funda de plástico transparente.

          -Veamos… creo que están un poco bajas. Voy a subirlas pero es usted misma quien deberá calcular la medida que sea más cómoda. Para andar es importante que no haga cosas raras. Casi todos los pacientes tienden a dejar la pierna operada en suspenso y eso puede crear problemas, como una pérdida de equilibrio y caída al suelo. Hay que pisar, aunque no con toda la fuerza del peso; para eso tiene las muletas, para descargar parcialmente la presión. Además debe siempre caminar inclinando el cuerpo hacia delante. Si deja el peso de gravedad atrás, corre el peligro de caerse.

          -Uhmmm… no sé si voy a saber, doctor.

          -Ya lo creo que sí. Vamos a ensayarlo un poco.

          Ayudo a que Margarita se incorpore, gire el cuerpo y dirija las piernas hacia el suelo. Toma las muletas y se incorpora poniendo los dos pies en el suelo. Después, repito las instrucciones, remarcando cada uno de sus puntos.

          -Así, muy bien. Hágalo en este orden: muletas adelante… pierna “buena”… pierna operada… Perfecto. ¡Con más seguridad! Vuelque un poco más el peso en la operada. Por ahora, ya vale. Volvemos a la cama.

          Sólo me queda dar las últimas instrucciones:

          -Aplíquese frío veinte minutos cada dos horas –con una bolsa de frío o unos guisantes congelados, protegiendo la piel con un paño para evitar las quemaduras que puede producir el frío intenso- Lo ideal es que utilice un pulpo de neopreno, que está expresamente diseñado para aplicar frío sin causar daño. Es muy cómodo. Se carga de cubitos de hielo que pueden renovarse a medida que se van derritiendo y no existe el peligro de mojar la ropa de quema.

          Tiene que guardar mucho reposo, tumbada o sentada con las piernas en horizontal. Puede levantarse para ir al baño pero durante toda esta semana, hasta que venga a mi consulta, le declaro propietaria del mando a distancia de la TV de su casa.

          -Ja, ja. Eso será muy duro de conseguir. ¿Puedo irme ya?

          -En cuanto desayune. Antes vendrán las enfermeras, como le he dicho, para retirarle la vía y colocarle la primera inyección. Después puede irse cuando quiera. Si tiene algún problema, llame a la consulta. Podría ser –es una complicación frecuente- que sangrara por dentro porque hemos trabajado mucho con el motor y hemos hecho túneles en el hueso. Si ocurriera, se le hincharía la rodilla y eso puede ser muy molesto. No se preocupe porque tiene buena solución con un pinchacito para vaciarla.

          -Espero que no haga falta.

          -Eso espero también, Margarita. Lo dicho: si no hay novedad, nos vemos en la consulta la semana próxima.

          -Hasta entonces, doctor. Y muchas gracias.

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

Copyright © 2016. El blog de Eduardo Escobar Martínez. Desarrollado por Onestrategia