Urumea, el río de nuestra vida. III

          -No te fue mal. Ese año sacaste muy buenas notas

          -Pero no fue fácil –respondió Carlos-. Era duro estudiar cuando tocaba dormir.  Y dependía de todos vosotros, de que pudierais dejarme los libros para hacer los deberes. Menos mal que no duró mucho.

           -Esa es otra… por fin conseguiste libros.

          -“Mis” libros. Llevaba dos semanas sin decir nada en casa por miedo al castigo. Estaba muy reciente lo del Calavera y no me atrevía a confesar que esta vez los había perdido para siempre… pero pasó lo más increíble. Otra vez sonó el timbre de la puerta. No eran horas para que nadie llamara y todos pusimos la oreja para saber quién era. Desde mi habitación, con la puerta abierta, podía oír el diálogo.

          -Buenas noches –saludaba un desconocido

           -Buenas noches –respondió mi padre

           -¿Señores de Telletxea?

           -Si, ¿qué ocurre?

           -No, nada, nada importante. Usted disculpará que venga a esta hora pero no he podido venir antes. Trabajo en los arenales, dragando el río y llevando arena con las gabarras y hasta hace un rato no he terminado de trabajar. Como me pillaba de paso, he venido a saludarles.

           -¿A saludarnos a estas horas?

           -Bueno, si, a saludarles y a traerles esto.

           A esas alturas yo había salido de mi habitación y, gateando por el suelo, llegado hasta el recodo del pasillo. Tumbado a la espalda de mi padre podía ver perfectamente al desconocido que en ese momento levantaba una masa informe y sucia que goteaba sobre el felpudo de la entrada.

           -¿Y eso qué es?-mi padre no salía de su asombro.

           -Una maleta de libros. Verá, esta tarde he tocado algo duro con la pértiga y al ver que era una maleta, he mirado en el interior. En la etiqueta de identificación y en todos los libros viene la dirección y  el propietario… Carlos Telletxea.

           -¡Caaarlos!

           Pero yo había desaparecido.

 

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          Seguimos allí, junto al pretil de nuestras primeras citas, donde Mikel Elosegi consiguió hacer manitas con Viki, la chica más guapa del colegio alemán, donde se formaron los primeros corros que empezaban a hablar de política, donde compusimos la canción en honor del Pingüino, el profesor más chalado del colegio, donde vimos pasar la corriente de nuestra infancia llevándose nuestros proyectos ría arriba. Algunos, unos pocos, los encontramos más adelante en la maleta de nuestros sueños. Esperó a todos los que fuimos a buscarla.

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

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