Urumea, el río de nuestra vida. II

          El río Urumea sube y baja de nivel a latidos regulares que marca el cambio de mareas. En los años sesenta la bajamar descubría el lecho de fango y el tufo orgánico se expandía por el barrio de Amara, sobre todo los días de calor, y no era extraño que la gente circulara por la calle tapándose la nariz con un pañuelo. Todo iba a parar al río: el desagüe de los colectores y los residuos de las papeleras en Hernani, la fábrica de aceite Koipe o la de vino Savin en San Sebastián.

          Los niños estaban acostumbrados, el olor era parte del río y de la ciudad. Para notarlo había que pararse y pensar en él pero ellos no tenían tiempo. Corrían al salir del colegio bajando por la cuesta de Mundaiz hasta las fábricas de vino y aceite, pasaban el Puente de Hierro y seguían corriendo, dividiéndose al llegar al cruce de la Escuela de Peritos para entrar en Anoeta o seguir hacia Sancho el Sabio y el entorno de la Plaza del Sauce. El paseo en las dos orillas no estaba urbanizado, era un barrizal en los días de lluvia –que entonces eran casi todos- y para avanzar sin salir a la carretera había que sortear o saltar el laberinto de charcos. Abajo, sobre la superficie del agua, las gabarras cargadas de arena avanzaban a impulsos de pértiga, la trainera y las embarcaciones de banco móvil se deslizaban por la superficie opaca y el río de mayor pobreza biológica del mundo rebosaba de vida en su cauce y en sus márgenes.

          Cada tramo era un mundo. La bajada de Mundaiz tenía su trampa porque podías bajar por “el atajo”, una peligrosa caída vertical de barro resbaladizo que requería cierta técnica de subida y bajada, con algunos puntos de apoyo firme, asideros en las ramas y raíces de un par de árboles supervivientes. Estaba rigurosamente prohibido bajar por el atajo pero eso lo hacía todavía más atractivo.

          El trayecto hasta el Puente de Hierro no tenía demasiado interés pero los más audaces descendían hasta el río por una rampa que en la marea baja llegaba hasta el fango expuesto con la retirada del agua, para caminar por un lecho de imaginarias arenas movedizas, hundiendo los pies hasta el calcetín en un lodo burbujeante y espeso.

          El puente era otra cosa. Ofrecía dos posibilidades y las dos peligrosas. Se podía cruzar por fuera, caminando sobre una gran tubería suspendida a cuatro metros por encima de la corriente. Pasarlo era una prueba de iniciación para ciertas pandillas que contaban con otras muchas actividades propias, todas delictivas según el concepto de una sociedad que todavía no conocía la verdadera delincuencia juvenil. La otra posibilidad era todavía más excitante: el puente tenía un tramo de carretera y acera en cada sentido y una parte destinada al tren, con dos vías flanqueadas por una protección metálica. Había que esperar la llegada de un tren y arrimarse al muro metálico viendo y sintiendo su paso vertiginoso en medio de la turbulencia y el ruido ensordecedor. Todavía más emocionante era colocarse debajo de las vías, metiéndose en un pequeño foso entre dos travesaños y ver cómo el tren pasaba por arriba. Y nos extrañaba que prohibieran pasar por las vías…

          Al otro lado del puente y antes de llegar a las nuevas construcciones de lo que se llamó el “piso piloto” –un piso de exposición que al constructor se le ocurrió montar en los nuevos edificios de Eustasio Amilibia- estaba la nada: explanadas, una carretera paralela a las vías del tren, escombros… Allí se instalaban las ferias de Amara antes de acabar el curso en el mes de Junio. Y eso era lo peor… encontrar la tentación camino de casa en pleno período de exámenes. Se podía entrar por todas partes, entre dos caravanas, entre dos atracciones, por la puerta principal, por la de salida, oyendo el estruendo de la música, de los charlatanes, de las sirenas, sintiendo el olor acre de los encurtidos, el calor de las máquinas de algodón de azúcar, de las manzanas caramelizadas, de los disparos de las escopetas de corcho. La mayoría pasaba como con derecho a ver sin tocar pero algunos se pasaban horas y horas en los autos de choque, manejando con dominio y empujando con saña el coche-diana de una pareja de chicas, o sentados sobre las barras metálicas de la tarima circundante con una pila de fichas de plástico haciendo alarde de poderío.

          Pero las ferias duraban unas semanas y el río era permanente. Siguiendo el trayecto del colegio a casa, antes de llegar al parque, siempre se podía hacer una parada en las terrazas de la parte posterior de los edificios de Sancho el Sabio. En realidad era una parada exclusiva para chicos por encima de la Reválida de cuarto, ganado el derecho de empezar a tontear con las chicas del colegio alemán, que tenían por allí la parada de su autobús, o las de la Compañía de María, que venían desde San Bartolomé.

 

          Hasta esa edad, el objetivo era el parque… o los parques, porque había un “Parque Pequeño” al otro lado de la carretera, junto a las vías del Topo. El parque tenía muchas posibilidades: una pista para bicicletas de alquiler, otra de patinaje, aparatos metálicos –fijos y móviles- para hacer acrobacias, un terreno bastante potable para jugar a fútbol con porterías marcadas por la ropa de los jugadores… y El Calavera.

          El Calavera era un empleado municipal de una categoría que ha desaparecido o que, al menos, no cuenta actualmente con las mismas funciones. Era un guarda de parques con traje de pana verde oscuro, boina verde, bandolera de cuero con una gran chapa metálica ovalada y un bastón de nudos, terminado en un pincho formidable, que entre otras muchas funciones contaba con la de ser un arma arrojadiza contra niños corriendo en franca huída.

          El Calavera debía su apropiado y muy popular apodo a su aspecto desnutrido y piel apergaminada sobre una cara descarnada que en escasas ocasiones se abría por la boca para mostrar un teclado uniforme de dientes bien alineados. Nunca reía, pocas veces hablaba y siempre vigilaba, acechante, cualquier conducta sospechosa o punible. Su aspecto y actitud le convertían en sujeto de múltiples leyendas y en blanco de ataques de las pandillas más organizadas, como la del Cica, apócope del Cicatriz.

          Estaban en guerra declarada. Le cantaban la canción del “Calaveeeeera, Calaveraaaaaaaa”, le tiraban castañas pilongas a mano o con tiragomas y se acercaban temerariamente para salir corriendo mientras les perseguía blandiendo el bastón de pincho.

          La mayor parte de los niños no participaban de esta guerra con el Calavera pero le temían porque era incapaz de distinguir amigos de enemigos y la tomaba con quien se ponía a tiro. Carlos Telletxea era de natural amistoso, poco tímido y no muy prudente. Alguna vez intentó entrar en conversación con el guarda pero su iniciativa no fue muy bien interpretada. Le cogió tanto paquete que en cuanto aparecía por sus dominios era sometido a una vigilancia intensiva, buscando el motivo para llevarle del brazo, o de la oreja, hasta su casa.

          Carlos no podía parar, era contrario a su naturaleza noble pero inquieta y eso le hacía vulnerable. En el Parque Pequeño había un emparrado muy coqueto, unos servicios públicos que siempre olían a urea y un árbol maravilloso, con un banco en su base que permitía subir a la primera rama y escalar ramas superiores que, a intervalos regulares, salían del tronco principal como puestas a propósito para tentar a niños intrépidos. Carlos dejaba la maleta con los libros en el banco y trepaba hasta donde el árbol lo permitía, bajando a toda velocidad para recoger la maleta y salir pitando antes de que llegara el Calavera.

          Hasta que un día pasó lo inevitable. El guarda estaba escondido detrás del pequeño y maloliente edificio público y llegó a la base del árbol antes de que Carlos tuviera una mínima opción de escapar, cortándole la única retirada posible. Una hora después seguía sentado en una rama alta a varios metros del suelo y el Calavera decidió que no valía la pena esperarle más. Cogió la maleta con los libros que tenían marcado el nombre y dirección de su propietario, y se fue a casa. A la suya, claro. Al día siguiente, sin embargo, se presentó en la de Carlos, dando cuenta de la historia –convenientemente adornada- a un padre furioso que impuso a su hijo un castigo de dos semanas sin salir a jugar para sacar partido de los libros que había estado a punto de perder.

          Ese era el entorno del río en Amara. Desde el paseo de los Fueros era otro mundo diferente, el mundo del centro, del puente de la Avenida y del Kursaal, escenario de otras vidas y otras historias. La nuestra se extendía desde Mundaiz al Puente de Hierro y de allí al Parque de Alaba. Lo natural, para cerrar el círculo, hubiera sido construir un puente desde el parque hasta Mundaiz y ese viejo proyecto que siempre se iba a realizar el próximo año para acercar el colegio a la ciudad, nos vio crecer, terminar el bachillerato, pasar por la universidad, acceder al primer trabajo, tener hijos y atravesar finalmente un puente construido treinta años más tarde.

          De momento seguíamos pisando los charcos y subiendo al pretil, como el día que Carlos decidió el más difícil todavía, tirar la maleta al aire, dar un salto tocándose los pies y recoger de nuevo la maleta. Pero no la recogió, se le escapó entre los dedos y cayó al río. Seguimos la derrota de la improvisada nave con la subida de marea pero estaba fuera de nuestro alcance y se perdió más allá del mundo conocido, más allá del Puente de Hierro.

          Confesar la pérdida de la maleta estaba fuera de toda posibilidad pero Carlos tenía que preparar las lecciones del día siguiente y encontramos una solución: antes de cenar, cuando terminábamos de estudiar, bajábamos a la calle con cualquier excusa para dejarle nuestros libros. Por la ventana de su habitación en un primer piso de la plaza del Sauce, se colaba la luz de una farola. Con la persiana levantada, estudiaba antes de dormir, sin levantar sospechas porque no necesitaba la luz de su habitación.

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

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