Urumea, el río de nuestra vida. I

          Ander Garolain pasea por la ciudad porque es parte de su trabajo. Necesita material para escribir la columna diaria del periódico y su fuente de inspiración está en cualquier esquina o rincón, en los paseos, en las calles, las tiendas, los colegios, en la memoria de los paseantes, vecinos y amigos. Se para contemplando la puesta de sol en la bahía, el juego de unos niños –qué pocos niños se ven en la calle-  o el paso de un autobús que nada se parece al trolebús de dos pisos, con su escalera interior, su apariencia inestable bajo la guía de cables paralelos y el chisporroteo eléctrico de su pértiga, seguramente mucho menos dañino para el medio ambiente que los actuales autobuses articulados soltando pestazo a combustible quemado. Disfruta de su deambular y todos los rincones, tantas y tantas veces transitados, cambian de aspecto y color. Cambian los olores, los sonidos. Cambian como cambian los seres vivos porque los lugares no son inertes; tienen su propia vida que es la de las gentes que por allí pasaron y vivieron historias que compusieron la suya propia.

           Le basta sentarse en un banco del Boulevard, viendo pasar a la gente, para recordar la época del tontódromo, de las citas en el reloj, de la palmera en la Polar o el tutifruti de “Los Italianos”. Un vistazo a su alrededor, de pie frente al Koldo Mitxelena, hace que reviva las colas en “Lalican” que era el nombre popularmente admitido de la rimbombante “La Alicantina”, una tienda de chucherías en competencia con las innumerables cesteras que, de blanco delantal y paciencia a prueba de niños, tomaban estratégicamente los lugares de paso en toda la ciudad con sus cestas de patatas y sus mostradores de polvorones, regalices de palo y de cordón, bolitas de chicle rosa o de “Bazooka Joe”, carracas, pica-pica, pirulís, chupetes finos y gruesos -de cincuenta céntimos o de peseta, para ser más exactos- y un sinfín de artículos de coste menor que eran la posibilidad habitual de consumo para gastar la paga dominical.

          Hoy camina por el paseo de Vizcaya, paralelo al carril-bici, hasta llegar al Amara Plaza. Frente a la entrada principal del hotel, el tráfico que llega a la ciudad por el paseo de los Fueros se hace más lento porque hay obras. Como siempre. Es la prueba más palpable de la vitalidad de una ciudad cambiante, no por la “sucesión de sucesos sucedidos sucesivamente” sino por la febril iniciativa de un ayuntamiento que lleva años levantando calles. Quizá no componga historias pero cambia continuamente los decorados. El de esta zona está transformando el viejo aspecto de la ría. Construyeron viviendas de protección oficial junto a la estación, el puente frente al parque y ha comenzado la remodelación del recodo anterior al puente de hierro. Más allá, siguiendo el curso del río, surge una nueva mini ciudad que añadir a la que –decíamos con el convencimiento que surge de la ignorancia- no podía crecer más por estar encerrada entre montañas. Y desde entonces se ha multiplicado, rebasado las colinas y llenado todos los huecos en blanco del mapa. No se sabe cómo cabíamos antes casi los  mismos habitantes en la mitad de sitio.

          Desde el hotel, Ander cruza la carretera para acercarse al pretil de caliza, el mismo viejo pretil miles de veces contorneado en su trayecto de casa al cole, del cole a casa, el borde de un escenario de historias de niños corriendo y haciendo equilibrios con peligro de caer al agua –alguno se cayó-, de las parejas sentadas al anochecer escondiendo su intimidad en sombras de bultos informes, el suelo de cristales de hielo en el suelo tras la helada nocturna que cubría los charcos de placas que se rompían en crujido de caramelo bajo las botas “Gorila”… Ese viejo pretil permanentemente cubierto de musgo, sobrevive al paso del tiempo y a la transformación de la ciudad, dejando sólo algunas heridas por las que nacen nuevos puentes.

          Un grupo de operarios han parado para almorzar a la vieja usanza, con bocadillos envueltos en papel de estraza y una bota de vino que pasa de mano en mano.  De pie con un plano en la mano, un señor con zamarra de ante, gesticula señalando el recodo del río a otros dos con cascos de obra junto a un trípode de topógrafo.

          Ander se acerca a sólo unos pasos y espera el final de la conversación. Finalmente, el que parece jefe de obra, el de la chamarra de ante, se queda solo contemplando el plano hasta que levanta la vista hacia el puente de hierro situado a su derecha.

          -Aquí se cayó tu maleta al agua –Ander ha hecho notar su presencia antes de hablar para no sobresaltar al del plano, que se gira con gesto de extrañeza y después de un instante de vacilación, deshace las arrugas de la cara, sonríe y alarga el brazo para ofrecer un fuerte apretón de mano.

          -¿Cómo estás, Ander? Aspaldiko…

-Hola, Carlos. No quería interrumpirte pero me has hecho recordar a un niño muy parecido a ti, con bastante más pelo, al que se le cayeron los libros al río.

-¿Te acuerdas? Fue un mal trago. De pie sobre el pretil me dieron ganas de lanzarme al agua para rescatar la maleta que se alejaba con la pleamar.

         -Te pasabas la vida haciendo equilibrios con riesgo de caída al agua, subiendo a los árboles, pasando el puente de hierro por fuera… Todavía no se habían inventado los deportes de riesgo. Bueno para qué te voy a contar si ahora haces lo mismo pero en plan fino: “puenting”, escalada de  picos helados, saltos en paracaídas…

          -No cambiamos casi nada. Ponemos cara de adultos, como de enfadados por fuera y tenemos las mismas ganas de reír por dentro.

          Carlos Telletxea -es verdad- sigue siendo el mismo y piensa que los demás también lo son aunque disimulen, que la gente se ha creído un papel de adultos que deben representar para que los niños disfruten el suyo en exclusiva. Es un ingeniero de mucho prestigio y pone el máximo empeño en su trabajo pero no pierde oportunidad, incluso trabajando, de jugar y reír como si la línea de tiempo no pudiera desviarse y las bromas de hoy fueran la continuación de las de ayer.

          Los dos amigos no han perdido contacto desde el día de su primera pelea. Jugaron y volvieron a pelear muchas veces en el barrio, en el colegio, en la universidad. Pasaron noches en vela en tiempos de exámenes y en noches de juerga cuando los terminaban. Comparten amigos de antes y ahora, se reúnen con las familias y, de vez en cuando, recuerdan hermosos episodios de una infancia que fue feliz porque así la recuerdan aunque a veces no lo fuera tanto…

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

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