diciembre 6th in Japón by .

Una visita a Tokio

           Japón ofrece al visitante una combinación de posibilidades muy amplia; es un país extenso y alargado, con variaciones climáticas que van del el frío pre-polar de Hokkaido al calor tropical de las islas del sur. Es también un país de naturaleza exuberante que rodea ciudades cargadas de asfalto y neón -hasta la exageración- donde se puede vivir la modernidad, el estereotipo japonés, el manga, la arquitectura brutal de autopistas que pasan por el centro de los edificios, la noche loca de Shibuya, los mercados centrales de pescado, las boutiques de Ginza o el mercado callejero de Ameyuko. Pero Japón es mucho más: entre otras cosas, el segundo país más boscoso del mundo con montañas que por algo son llamadas los Alpes japoneses, volcanes como el Asho, paisajes agrícolas de arrozales y un medio rural que conserva las tradiciones más antiguas sin distancia física –ya no existen distancias y menos allí- respecto al núcleo del progreso mundial, que está en ciudades como Tokio, Osaka o Yokohama. 

            Tokio es una ciudad obligada para el visitante primerizo, referente del Japón moderno. Está incluida en todos los circuitos y la recomiendo como punto ineludible del viaje, advirtiendo la imposibilidad de una exploración en profundidad que requeriría toda una vida. Son doce millones de habitantes concentrados en varios distritos que mantienen el carácter común de la ciudad pero con matices que diferencian perfectamente el ambiente elegante de Ginza, la vida de barrio en Asakusa (centro de operaciones de la jacuzza o mafia japonesa), el comercio y la actividad lúdica en Shinjuku o la influencia extranjera en Roppongi.

            Con tanto distrito y tan grande extensión es difícil elegir un enclave para el alojamiento. En mi primera visita seguí el consejo de Noriko, una chica japonesa casada con un español, alojándome en pleno Shinjuku, en el hotel Keio Plaza, con vistas al imponente edificio del gobierno metropolitano, frente al Hyatt que sirvió de alojamiento a Bill Murray en “Lost in Traslation” 

            Horrorizado por los programas de agencia que ofrecían viajes de once días –bien contados son nueve porque siempre se pierden dos noches en el avión- en disciplina de viaje organizado –que odio- y a un precio de escalofrío, decidí hacer el viaje por mi cuenta. Ya había comprado el billete de avión cuando exploré una página en castellano donde se contrataba la tarjeta de tren para dos semanas, la Japan Rail Pass, que se vende a extranjeros por un precio muy aceptable. Nada más hacerlo recibí la llamada de Ludovico, el marido de Noriko, enterado de mis gestiones porque regentan una agencia de viajes familar en Málaga y son corresponsales de la JRP en España. Mi petición vía web había entrado directamente en su agencia. El billete de avión ya estaba comprado pero seguí su consejo  en todo lo demás y resultó un viaje de diecisiete días formidablemente organizado, en el que Noriko hizo alarde de un concienzudo sentido japonés del trabajo no dejando un solo detalle al azar. Salió un viaje perfecto, de precio muy razonable, y con detalles organizativos increibles, como enviar las maletas de una ciudad a otra, desde la habitación de un hotel a la del siguiente, lo que supone una ayuda importante en un país por el que te vas a mover en tren. Si debes hacerlo con pesadas maletas, se hace realmente  incómodo. Puedes planear un circuito de varios días partiendo de Tokio, visitar los Alpes o el castillo de ciudades como Matsumoto o Himeji y llegar a Kyoto con una maleta pequeña que se puede dejar en las consignas de las estaciones de tren o llevar rodando sin problemas, con la absoluta seguridad de que al llegar a Kyoto, la maleta grande estará esperando en tu habitación.

                                                                                                                             

                                         

            Nos alojanos en el Keio Plaza y ese hotel en pleno corazón del barrio más luminoso de Tokio se convirtió en cuartel general para sucesivas visitas. Solo en una ocasión lo cambiamos por Shiba para estar más cerca del embarcadero y hacer una excursión a través del río Sumida, cruzar la ciudad y llegar al barrio de Asakusa.

          Si se trata de ver el Japón moderno, nada mejor que Shinjuku y su noche de neón, el comercio infinito de las galerías subterráneas y de los grandes almacenes de superficie. Junto a un cruce de calles como las que buscamos los occidentales para obtener la instantánea de una multitud que se cruza sin choques en un paso de cebra que parece un parchís de seis jugadores, se puede encontrar una callejuela de restaurantes que son todo menos turísticos, con un aspecto cutre que retrae al novato pero donde se puede cenar un auténtico menú japonés apoyado en la barra, recibiendo el sake o la cerveza de una larga pala de madera que te ofrece el hostelero. No hay otra forma de servir y acercarte los platos o la bebida con la anchura de algunas de esas barras.

            Shinjuku es en sí mismo una ciudad con suficiente atractivo para invertir varios días del viaje pero hemos de conformarnos con patear las galerías comerciales –las mejores están en el subsuelo junto a las estaciones de metro y tren- o los restaurantes cuando, al volver por la noche, buscamos un sitio cómodo y cercano al hotel.

            A grandes rasgos, los puntos de interés que hemos de condensar en un viaje forzosamente corto, pueden ser el centro de Tokio, Ginza, el Palacio Imperial, la Torre de Tokio, el mercado del pescado, el teatro Kabuki, el río Sumida, Asakusa, el parque Ueno, el mercadillo en Ameyuko, los museos nacionales, Roppongi y su torre, los bulliciosos distritos de Shinjuku o Shibuya… la lista es interminable pero dos días para la ciudad y dos para puntos de interés cercano son suficientes con el objetivo de una visita turística.

            El Centro de Tokio está focalizado en Ginza, una de las calles más conocidas del mundo –se dice que antes de la recesión era la más cara- desde la que se puede acceder al Palacio Imperial. rodeado de jardines, que nos regala un par de fotos de impacto con el foso de agua bordeando las murallas. No se puede visitar si no es con reserva previa. Relativamente cerca, si tenemos en cuenta que las distancias han de ser largas en una ciudad tan grande, se encuentra el teatro Kabuki-za, el mercado de pescado de Tsukiji y la torre de Tokio, esa especie de mini torre Eiffel en color blanco y rojo que encontraremos en diversas medidas en casi todas las ciudades importantes. Sé que hay un par de santuarios en el mismo barrio pero Japón está lleno de santuarios impresionantes y hemos de establecer prioridades. En mi caso, prefiero acercarme a los jardines de Hama y subir a un barquito que cruza la arteria central de la ciudad, el río Sumida, para llegar al barrio de Asakusa. Merece la pena la travesía fluvial, con una perspectiva de la ciudad en movimiento, contemplada desde abajo, cruzando los puentes, con la sensación deslizante de la navegación. ¡Y sin dar un paso! 

    

          Sin darnos cuenta hemos llenado una mañana con impresiones en la retina de difícil olvido y llegado al meollo de la cuestión, al barrio castizo de Asakusa, donde vive la temible jakuzza y donde se puede visitar el Asakusa Kannon, más formalmente conocido como templo Senso-ji. Conviene no agotar fuerzas, parar un momento antes de abordar la avenida de puestos comerciales que conduce a la entrada del templo y sentarse a la barra de uno de los numerosos restaurantes que llenan las calles colindantes.

            Normalmente es muy fácil elegir el menú. Basta contemplar las maquetas en plástico de los escaparates que reproducen el plato real con una exactitud que sólo es posible en Japón. Si ves dos gambas, cinco calamares y doce guisantes, no te quepa la menor duda: cuando te sirvan el plato habrá exactamente ese número de componentes dibujando la misma forma de la muestra en el escaparate. En los restaurantes “de casa” puede que no haya escaparate ni maqueta en plástico pero no importa; basta con entrar, sentarse y mirar. Seguro que acabas viendo lo que quieres, lo señalas y esperas. Todo el mundo comprende que eres un gaijin, un extranjero, bárbaro si eres americano y no se sabe bien qué si eres europeo, que no entiendes nada de un idioma tan fácil como el suyo y que has sido lo suficientemente abierto como para entrar en un local fuera del circuito turístico. Te atenderán de maravilla, todo serán sonrisas y agradecerán mucho que te despidas con un “arigato gosai mas” (lo escribo como se pronuncia) 

            Con la visita del templo habremos cumplido el programa de un día con creces pero si todavía tenemos tiempo, cerca de Asakusa se encuentra el mercadillo de Ameyuko y el parque Ueno. En realidad merecen una visita en exclusiva de por lo menos una mañana; si tenemos tiempo, de todo un día. El parque merece un paseo sin prisas, contemplando los santuarios, el lago, los jardines y el Zoo. Choca mucho que en un país tan rico existan vagabundos. En Tokio se pueden ver en las estaciones y en los parques, especialmente en Ueno. Pero son los vagabundos más civilizados del mundo, los más limpios. Ninguno pide dinero, hacen su vida en una marginación admirable, discreta y misteriosa.

 

                                                                

         Podemos completar el programa con una vista panorámica desde la torre de Roppongi, una cena en Shibuya en el mismísimo Gai Center, la visita al Tokoyan –museo nacional de Tokio- o un paseo por el Akihabara o barrio de la electrónica, sabiendo de antemano que se nos va a caer el topicazo del Japón tecnológico. No he visto tiendas menos presentables que las de aparatos electrónicos, asunto muy llamativo si tenemos en cuenta que en Japón se bordan las presentaciones en el comercio, en todas las especialidades menos en lo que debiera ser su punto fuerte. Es preferible pasear por un supermercado y admirar los montones de frutas y verduras componiendo montañas de un orden imposible, lustrosas y envueltas en celofán, que entrar en un establecimiento donde solo se ven carteles en caracteres japoneses, de color fosforito, que se parecen más a un bazar chino que a un establecimiento de modernos aparatos del mercado electrónico japonés.

            Bien distribuidas creo haber ofrecido las líneas maestras de una visita rápida a la ciudad de Tokio, dejando margen para que el resto de los días de reserva hotelera los dediquemos a puntos de interés en poblaciones cercanas.

              

 

 

 

     

        

    

2 Comentarios

  • txema aguirre
    10/12/2010
  • Eduardo
    11/12/2010