mayo 15th in 05. Cerca del verde by .

Un trocito de vida en la Real

MEMORIAS DE LA REAL

«Un trocito de vida en la Real Sociedad»

Hace unos años, dos entusiastas seguidores de la Real -Beñat Sanz y Xabier Rodriguez- se empeñaron en publicar un libro con memorias de personas relacionadas con el Club y me pidieron que escribiera un capítulo. El libro se tituló «Maite, maitea» y tuvo una secuela posterior. Esta fue mi aportación.

            Aunque ahora cueste creerlo hubo un tiempo en que no veíamos fútbol en la televisión. La gente no tenía tele en casa. En realidad no había teles. Jugábamos en los pueblos y en los barrios, que eran como pueblos dentro de las ciudades, con balones que los chicos de ahora no querrían ni para jugar en la piscina. El dueño de un balón con la palabra «Ceplástica» impresa en relieve, era el rey. Nombraba un contrincante, «hacían pies» y formaban dos equipos con todo el que se arrimaba. Los últimos en ser elegidos, claro, eran los de menor aptitud deportiva. Mis gafas y yo solíamos estar en la cola, salvo cuando me acababan de regalar un balón.

            Poco a poco fueron apareciendo algunas televisiones en el barrio y los afortunados propietarios se convertían en sufridos anfitriones de toda la vecindad, que se acercaba a ver el partido o el programa completo de la tarde del sábado o el domingo, desde «Caravana» y su explorador Flint MacCollough -Macolo por estos pagos- hasta «Firmado López». Algunas tiendas de electrodomésticos se especializaron en la venta de televisiones y cuando jugaba la selección, se formaba una aglomeración en la acera frente al escaparate tratando de distinguir a Gento o Collar entre una veintena de televisiones que centelleaban la misma jugada en tonos grises.

            La afición era tremenda, mucho más activa que ahora, porque lo suyo era participar y no repantingarse en un sillón con la bolsa de chuches. Escenificábamos los partidos en el barrio y en el cole, tomábamos el rol de nuestros héroes de papel impreso de los álbumes de cromos y pegábamos patadas a lo que se terciara, desde la pequeña pelota verde de goma que regalaban con las botas «Gorila» hasta aquellos balones de rango profesional, de cuero y costuras exteriores, que pesaban una tonelada cuando se empapaban los días de lluvia. Algunos, los buenos, llegaron a jugar en la playa, y los mejores, en equipos como el mítico Lengo.

            Lo de la Real era otra cosa, lo más, el cielo al que llegaban los elegidos. Eran nuestros jugadores y les nombrábamos con la familiaridad que correspondía -Casero, Cacho, Pela, Borono- hasta que por alguna casualidad topábamos con alguno de ellos en persona. Entonces no nos atrevíamos ni a acercarnos. De usted y a distancia. Como ahora…

            En el colegio Mundaiz teníamos la suerte de verles entrenar de vez en cuando. Nuestro campo duro de gravilla era una alternativa al suelo embarrado de Atotxa, que se regaba a fondo cuando venían equipos de secano. Normalmente jugábamos en ese campo varios cientos de niños al mismo tiempo, todo el colegio menos los de basket, frontón o balonmano. En la media hora de recreo se hacían los equipos de forma muy sencilla: en cada curso la clase «A» contra la «B». Volaban varios balones que esquivar, tropezando con los jugadores del mismo curso, con los mayores o arrollando a los pequeños. Lo milgroso era saber cuál era tu equipo, tu balón o tu portería.

            Cuando llegaba la Real, los magullados jugadores se convertían en espectadores. Desde las gradas empujamos con nuestro entusiasmo al equipo del ascenso -Zubiarrain, Gorriti, Iguarán, Lasa, Martínez, Lema, Urreisti, Arzak, Arregi, Arambarri, Boronat- dirigidos por Andoni Elizondo. Es verdad que en la vuelta a primera de aquel equipo ascensor perdimos 9-1 en el Bernabeu, pero aprendimos a quedarnos en la división de honor y así seguimos cuarenta años. Apreciábamos a nuestro equipo por encima de todo, de victorias o derrotas, por su espíritu de lucha, su fuerza, su capacidad combativa. En aquellos domingos de xirimiri permanente, cuando la Parte Vieja olía a pinchos de champi del Tamboril y a bocatas de calamares del Juantxo, cuando el firme de las calles era una superficie gris resbalosa y los rezagados de toda la ciudad iban a la misa tardía de Santa María, no había bar sin «goleada», una hoja impresa con los resultados de la jornada.

            -¿Qué ha hecho la Real?

            Casi siempre empatábamos porque nuestra defensa era un muro. En casa aspirábamos a ganar algunas veces, sobre todo si enterrábamos al contrario en el barro, pero nadie levantaba una voz en caso de derrota. Todo lo más, con cariño y resignación, un niño capaz de llorar por su equipo podía decir aquello de «qué maderos somos». Porque el «somos» era para todo, para ganar y para perder, como sabía el público del viejo Atotxa.

            Nos tocó vivir esos tiempos y los que vinieron después, la gloria de los dos campeonatos de Liga, el campeonato de Copa, Europa, medirnos con los mejores… En mi caso, seguí a la Real desde mi destierro forzoso en la Universidad de Leioa rodeado de forofos del Athletic incluyendo algún jugador como el famoso delantero Carlos o un entrenador como Xabier Azkargorta que eran compañeros de promoción en la Facultad de Medicina, y después, ya en casa, durante los años de MIR en la Residencia.

            Entré en el mundo del deporte por causalidad: en una guardia médica del ambulatorio de Irún mientras hacía la mili en Loiola, un compañero -el doctor García Chivite- me dio la pista de una plaza que se convocaba en la delegación de deportes para un médico que atendiera un programa de niños promesas. Me presenté en la delegación y las pocas esperanzas de conseguir una plaza en oposición a los que entonces eran reconocidos especialistas como el doctor Echavarren -que luego fuera mi jefe- se  vinieron abajo cuando me pidieron el currículo. Excuso decir que mi currículo como médico titulado eran un par de guardias de ambulatorio. Tuve la suerte de que el director del programa -después se convirtió en mi gran amigo Eduardo Usoz- buscaba precisamente un médico joven que no tuviera ataduras y sí muchas ganas de trabajar. Y eso me sobraba.

            Una cosa traía la otra y cuando me pidieron ayuda para prestar asistencia médica en las primeras Seis Horas de Euskadi, conocí a Jaime Ugarte, su impulsor y una de las personas con más energía vital que he conocido en mi vida, que también organizaba la Vuelta al País Vasco y metió en el calendario internacional la clásica de San Sebastián.

            -¿Eres médico? Pues te espero el lunes en la reunión de la Federación.

            Así se hacían los contratos. Estábamos allí y teníamos ganas de trabajar y comernos el mundo. Estuve no sé cuantos años, hasta que las exigencias de mi puesto en la Real me impidieron seguir. Nunca cobré una peseta; me dieron mucho más de lo que se puede pagar con dinero y nunca pude corresponder a tanta generosidad. Sellé mi permanencia en el deporte y eso sirvió para que años más tarde, con la especialidad de Traumatología terminada, la Real, que buscaba un médico para tomar el relevo a Miguel Mari Echavarren, encomendó a su vicepresidente, el doctor Martín Irazusta, la tarea de encontrarlo y terminara por proponerme el puesto. Se le ocurrió acudir al servicio de Trauma del Hospital Ntra Sra de Aranzazu -actual Hospital Donostia- y preguntar al jefe de sección más prestigioso, el doctor Ernesto Eguino. Me recomendó porque ellos me habían formado y colocado en el mercado profesional, porque estaba en el mundo del deporte y, supongo, por el afecto mutuo que en su caso fue suficiente como para jugársela aconsejando mi contratación.

            Aquello cambió mi vida. Entré en el Sancta Santorum, compartí penas y alegrías con los jugadores, con sus familias, con los consejeros, con mis compañeros de trabajo, con los aficionados, con la gran familia de la Real. En primera fila, en lo que luego llamaríamos «cerca del verde», la línea más próxima al terreno de juego sin ser jugador.

            El primer día entré en el vestuario de la mano del doctor Irazusta después de una rápida presentación a Toshack con el que coincidimos en el parking de Zubieta. Los jugadores estaban cambiados y listos para salir al entrenamiento, sentados en el banco corrido, cada uno debajo de su percha. Di la mano a toda la plantilla, jugador por jugador, en un recorrido que se me hizo eterno, procurando no delatar la emoción interior: Océano, Carlos Xabier, Bittor Alkiza, Andoni Imaz, Iñaki Alaba, Txema Lumbreras, Bixio Gorriz, Juanan Larrañaga, Agustín Gajate, Estéfano, los porteros José Luis González, Javi Yubero y Patxi Hernández, Jokin Uría, Miguel Fuentes, Luis Pérez, Imanol Alguacil, Javi Guruzeta, José Luis Agirre, Mikel Loinaz, Carlos Martínez, Javi Belloso, Kote Pikabea y Meho Kodro, que acababa de llegar de Bosnia, en los albores de una guerra que después seguimos juntos con noticias cada vez más espantosas.

            ¿Cómo se pueden resumir tantas experiencias vividas en dieciocho años con una intensidad que no daba respiro? ¿Cómo plasmar en unas pocas páginas la emoción de encontrarme en el equipo de mi ciudad, de mi infancia, de mi vida, de ser amigo de los personajes de cromos, su confidente? Necesitaría un libro sólo para el relato de tantas y tantas anécdotas. Resumir el sentimiento, las sensaciones de todos esos años, resultaría todavía más complicado. Seguro que olvidaré muchas cosas importantes y a muchos jugadores que merecerían más que un comentario pero no voy a ser selectivo: contaré lo que vaya recordando y pondré fin en la señal de stop, procurando no pasar el límite de tolerancia para una lectura acotada.

            En el primer equipo de la Real, como en todo grupo humano, algunos individuos brillan por su capacidad profesional y sus logros -en este caso deportivos- por su capacidad de comunicación, por su palmito… Pero los que estuvimos en el núcleo de ese grupo, en la convivencia de todos los días, tuvimos la suerte de conocer perfiles humanos fuera de lo común que sólo son visibles en la intimidad. Corresponden a jugadores que en muchos casos no serán recordados en las alineaciones de memoria pero que constituyen la esencia de nuestro carácter, los que conforman la marca Real.

            Al llegar al club me encontraba muy solo. Todo el mundo me trataba con amabilidad pero entrar en un grupo requiere su tiempo y en un equipo que compite en primera, que ha compartido tantas experiencias positivas y negativas, hay que ganárselo. Javier Expósito era entonces el director de las instalaciones y fue mi maestro en protocolo, me apoyó cuando estaba perdido y suavizó el comienzo de mis relaciones con Toshack, que -todo hay que decirlo- no fueron buenas hasta el final de su último paso por la Real. También me echó un cable Juanjo Zapirain, el masajista que entonces se desplazaba con el equipo para dar un respiro a Iñaki Anza que llevaba media vida en el torbellino de la competición y sus viajes. Pero mi introductor de embajadores, el jugador que me enganchó al vestuario, fue Javi Guruzeta.

            Guru estaba a caballo entre la Real y el Sanse, del que entonces era capitán. Es uno de esos jugadores a los que antes me refería: todo carácter, todo nobleza. No era un santo ni un chico modelo de manual de los que piden perdón por rozarte con el codo o de los que abren la puerta del coche a una chica en las primeras citas cuando todo el mundo sabe que la puerta se abre a distancia. No, Guru no se andaba con chorradas. Guru era de los que se levantaban cuando todo el mundo estaba encogido delante del entrenador y le decía lo que todos pensaban y nadie se atrevía a decir, de los que sacaban la garra y la mala leche para levantar un partido aunque tuviera que gritar a un compañero, de los que asumían culpas propias y a veces, si era necesario, ajenas, de los que podían dar la razón a un árbitro -y ganárselo para siempre- como Andújar Oliver. Todavía no tenía carnet de conducir y quedaba conmigo para desayunar en la cafetería Astoria para ir al entrenamiento. Me descubrió el mundo de un chico de veintipocos años -yo tenía treinta y siete- y actualizó un poco mi repertorio musical, cambiando los CD´s del coche. De mis Moustaki, Serrat o Dylan pasamos a Eric Clapton y Veintiun Japonesas. Molotov me resultó excesivo.

            Con Guru formaban grupo los portugueses Océano y Carlos Xabier, Bittor Alkiza, Luis Pérez, Iñaki Alaba y después Kodro, para ir a cenar con novias, mujeres y niños después de los partidos en casa. Era un grupo abierto al que se sumaron Alberto el portero, Karpin, Andoni Imaz, Imanol Alguacil y todo aquel que tenía familia o proyecto de tenerla. Los solteros preferían, lógicamente, un grupo propio. Los veteranos tenían su mundo y no era cuestión de invadirlo.

            Nuestro cuartel general era el Bodegón Anastasio pero valía la casa de cualquiera, casi siempre de «los portus», para juntarnos y tomar una copa después de cenar cuando los niños tenían sueño. Fue una época maravillosa, de cuadrilla de amigos que luego seguían siéndolo en el terreno de juego. Las bromas de Océano, los chistes de Iñaki Alaba, las ganas de jugar de Bittor o el humor sutil de Meho crearon un ambiente de camaradería que no se rompió ni en los tiempos de máxima tensión. Fuera de casa el grupo era distinto. No había solteros ni casados aunque se formaban grupos casi siempre en función de la veteranía, nunca por la procedencia o la nacionalidad. De la mano de Guru me apunté al grupo que después bauticé como «korapilos», toda la banda de jóvenes llegados del Sanse y alguno más veterano, término que después aplicaría -generación tras generación- al grupo de jóvenes de casa promovidos al primer equipo.

            Al principio no te das cuenta de que todo tiene su trascendencia, su interés público, y que hasta los gestos más pequeños y cotidianos despiertan la curiosidad de la gente empezando por los más cercanos, los que siguen al equipo y son testigos de la convivencia. Lo entendí cuando en una entrevista en la radio, Manolo Fraile. que seguía al equipo en todos los viajes, me preguntó por la expedición que habíamos montado después de un partido en A Coruña para ir al cine. Le parecía extraordinario que teniendo unas horas libres después del partido, ya que nos quedábamos a dormir y no madrugábamos para coger el avión, la gente no se fuera de marcha y prefiriera una película. Claro que había ocasiones para todo, para tomar una copa y para pasear. Pero alguien quería ver una peli y a todos nos pareció un planazo, entre otras cosas porque había mucho cinéfilo, como se demostraría más adelante con la llegada de los DVD que bajaron la fiebre en el autobús por jugar a la Pocha.

            No todo eran jugadores. Cuando llegué al club Roberto López Ufarte era el delegado del equipo. Junto con Salva Iriarte asumía también funciones de auxiliar de Toshack. Con Roberto tuve ocasión de compartir muchos momentos en los viajes del equipo y, poco a poco, se forjó una amistad que hoy perdura y no derriba la distancia. Mientras escribo estas líneas he recibido un mensaje desde Vanuatu contando su experiencia en ese país de la Polinesia, con revolución y terremotos incluidos.

            No puedo seguir, después de mencionar a Salva y Roberto, sin decir algo que creo de estricta justicia. Cuando Salva Iriarte salió de la Real después de toda una vida como jugador, informador, entrenador auxiliar, entrenador del primer equipo, director deportivo… Es decir, después de haber recalado en todos los puestos posibles de un hombre de fútbol desde que llega al club siendo un niño hasta que alcanza el más alto puesto de dirección en el ámbito deportivo, fue despedido en condiciones que más vale no recordar. En la situación de indefensión más absoluta tuvo que escuchar comentarios que lo calificaban de pesetero porque reclamó el finiquito que le correspondía y que otros con mucho menos mérito habían cobrado y en mucha mayor cuantía. Para colmo de desdichas llegó la situación concursal y él como acreedor sufrió la misma situación de quita o impago -no sé cómo acabó el asunto- que el resto. Pues bien, Salva Iriarte -creo que la anécdota servirá para ilustrar su condición de pesetero- cuando era entrenador apareció en Zubieta después de las vacaciones de Navidad con sobres de dinero que repartió a todo el personal porque había tocado la pedrea al número que pensaba regalarnos y se le había olvidado entregar antes del sorteo y del que nadie tenía noticia. No recuerdo la cantidad pero, sumadas todas las pedreas, un sabrosísimo pellizco. En toda mi vida he conocido un caso semejante.

            Tengo que cerrar los ojos para elegir al azar cualquier historia porque todas no cabrían en este relato. Conste que no pienso hablar de Medicina. Desde mi posición de médico tuve que hablar tanto y en tantas ocasiones sobre lesiones y lesionados que ese relato me parece suficientemente cubierto y reflejado en las hemerotecas. Creo que éste es momento para otro tipo de historias. Cuando no busco mucho, siempre pienso en las mismas y siempre recuerdo la primera gira de verano. Nos pasamos casi un mes fuera de casa, disputando amistosos de pretemporada, primero en Inglaterra, después en Portugal y finalmente en Salamanca.

            En Inglaterra solo hubo un lesionado: el médico. Para adquirir algo de forma me empeñé en correr por la mañana mientras entrenaba el equipo. Estaba bastante oxidado y, cuando por la tarde cambié la carrera por la recogida de balones que era un trabajo más intermitente y explosivo, sufrí un tirón en el gemelo que no pude disimular. Humillado y dolorido, tuve que aguantar el coro de carcajadas y el pitorreo de toda la expedición. No hubo lesionados pero a Kodro le habían empastado una muela y no podía dormir por el dolor. Tampoco Iñaki Alaba que era su compañero de habitación. Le llevé a dos dentistas diferentes en sendas ciudades inglesas pero no consiguió dormir hasta que en Lisboa terminaron por sacarle la muela.

            En Portugal tuvimos un día libre. Liamos a Ramón, el chofer, para que nos llevara en el autobús, sin entrenador, a pasar la mañana en la playa y a comer en Cascais. Fue uno de esos días mágicos que todo el mundo recuerda: el viño verde, el pescado, los chistes y canciones, el ambiente de camaradería cuando la disciplina y la prolongación del viaje empezaban a hacer mella en el grupo. Después habría otros días imborrables como el de un viaje a Sevilla en el que, después de jugar, nos quedamos a pasar la noche en el Hotel Los Lebreros. Viajó con el equipo mi predecesor, el doctor Echevarren, al que acompañé a cenar en el restaurante de su compadre Paco Ramos. Cuando volvimos al hotel, Miguel Mari subió a la habitación pero yo me acerqué al bar porque se oía sonar un piano. Alrededor del pianista estaban Luis Perez, Andoni Imaz, Bittor Alkiza, Imanol Alguacil y Javi Guruceta. Y tocando, Iñaki Alaba. Fue una delicia escuchar el piano y el silencio increíble de la gente, que dejó de hablar y mover copas. Subimos a la habitación comentando la velada y la nota que una turista americana había hecho llegar a nuestro pianista: «tu canción me mata dulcemente» y un nombre no del todo reconocible. Me duele recordar el desengaño de Iñaki cuando le dije que no estaba matando dulcemente a la turista -que no se llamaba Roberta- sino que ésta le pedía que tocase la canción de Roberta Flack.

            Las pretemporadas eran épocas de trabajo duro para conseguir condición física pero también momentos especiales de competición sin agobio, de convivencia, de viajes por Europa. Toshack elegía, naturalmente, Inglaterra y siempre había un día o dos libres dependiendo de la duración de la gira. En la más larga, la del primer año que acabó en Salamanca, la de mi lesión, cerramos la estancia en ese país con una cena en el restaurante de Borko, el representante de Meho, que llegó a ser un personaje apreciado en el equipo con su aire desgarbado, delgado y pálido como un personaje de película transilvana y su acento bosnio-anglo-hispánico. Conozco Londres bastante bien pero nunca tendremos otra oportunidad de cenar en un cuchitril en pleno Soho con música y ambiente yugoslavo rematado con el «Jeiki-jeiki» de José Antonio Salas o con «Mi Viejo San Juan» que coreaba todo el equipo ondeando servilletas en el estribillo.

            Estuvimos más veces en Inglaterra -con Toshack de nuevo, con Javi Clemente y Salva Iriarte-, en Estambul en la última época del galés -corramos un tupido velo sobre aquella pretemporada que ya sufrió suficientes críticas- pero las de más grato recuerdo fueron las de Holanda y Austria.

            Nuestro hotel de referencia en Holanda era el «De Branding» en Appeldorn, muy cerca de Arnhem. Fueron los mejores momentos de mi paso por el fútbol. Recuerdos imborrables de una época feliz, con un equipo tan bueno que acabar en sexta posición de la Liga no parecía muy buen resultado, con entrenadores como Salva Iriarte, Jabo Irureta y Bernd Krauss, con un presidente como Luis Uranga y un ambiente de trabajo irrepetible.

            Siempre he dicho que la personalidad del presidente impregna el club y la de Luis Uranga tuvo la culpa de la mejor época de la Real en los años de los que fui testigo. En Holanda convivíamos un grupo de amigos y nadie quedaba excluido: técnicos, entrenadores, jugadores o directivos. El hotel era ideal: buen servicio, buenas instalaciones, comida sana y adaptada a nuestras peticiones y un campo de entrenamiento de hierba impecable al que nos desplazábamos en bici. El segundo año, apoyado por el entrenador, Luis Uranga aceptó la contratación de un médico deportivo. Consciente de mis limitaciones porque soy traumatólogo y mis conocimientos de Medicina Deportiva, especialidad en la que me había iniciado antes de hacer Trauma, no eran suficientes, propuse la incorporación de Antxon Gorrotxategi.

            La Medicina del Deporte había sufrido una gran transformación. Históricamente, la atención médica de los equipos era cubierta por el traumatólogo pero la incorporación de preparadores deportivos y la extensión de la idea científica de la preparación física hacían necesario el aporte de técnicos especializados en Fisiología. Antxon reunía el perfil por ser uno de los primeros médicos deportivos en nuestro entorno, formado en Burdeos, y mi compañero en labores de la Federación de Ciclismo, Guipuzcoana y Vasca. En Holanda sufrió su bautismo de fuego y casi resultó literalmente «de fuego» porque algunos jugadores se negaban a pasar por los tests médicos de campo que eran bastante exigentes, con carreras en una pista de atletismo y medición de lactatos con muestras de sangre que obteníamos pinchando el lóbulo de la oreja. Tuve que desplegar toda mi capacidad de persuasión y visitar a todos los jugadores, habitación por habitación, para convencerles. No era la primera vez que rompía algún molde; nada más llegar al club tuve que convencer a varios lesionados de que la artroscopia para reparar un ligamento cruzado roto era mejor que la cirugía abierta. Desgraciadamente no lo conseguí en el primer caso: un jugador del Sanse se empeñó en operarse con un prestigioso cirujano convencional, se le infectó, pasó más de una docena de veces por quirófano y tuvo que retirarse.

            En Holanda ya éramos dos. Antxon me ayudaba y yo le ayudaba a preparar las bebidas isotónicas y las barritas energéticas para los entrenamientos y los partidos. Dimos charlas de divulgación, organizamos el torneo de mus un poco a escondidas de Bernd Krauss que se quedó de piedra cuando vio salir a Miguel, uno de los utilleros, de la habitación que nos habían dejado para celebrar el torneo, con una bandeja de vasos vacíos. Pero después de la jornada de trabajo en doble turno de mañana y tarde, había que montar actividades que rompieran la rutina de la concentración y reforzaran la convivencia. Cuando dejábamos a los chicos en las habitaciones, nuestro momento era la tertulia en la terraza del hotel, reunidos en la noche holandesa con los técnicos, directivos… y Miguel Etxarri. Le teníamos frito. Miguel es literalmente un profesor en materia futbolística y además un tertuliano duro y vehemente. Vamos, que se pone como una fiera cuando discute. Y todas las noches le teníamos preparada una trampa porque Antxon se había traído el reglamento del International Board y sacábamos, con muy mala intención, el tema que nos habíamos estudiado para picarle con las medidas de la portería, la distancia del punto de penalty o las competencias del juez de línea. Como repetíamos la escena cada noche, existía ya una complicidad general para encender al bueno de Miguel que, todo hay que decirlo, acababa riendo como los demás.

            Vinieron otras pretemporadas y otros viajes: Austria con Dennouex, Turquía, Italia -me perdí Corea, que cubrió Antxon-… En las primeras se repetía el ritual del cumpleaños de Miguel Fuentes y después el de Javi de Pedro, con tarta y velas, el «Zorionak» y, cómo no, «adiós, adiós… en mi viejo San Juan» con ondear de servilletas y jolgorio generalizado.

            La competición era otra cosa. El ambiente entre jóvenes deportistas tiene que ser alegre por naturaleza pero la presión de la responsabilidad en la victoria y, sobre todo en la derrota, pueden a veces con el carácter más fuerte. Algunos jugadores pasan de la adolescencia a la edad adulta en un instante, con el agravante de estar expuestos, de repente, a la mirada pública. No todos los jugadores pueden soportarlo. A algunos les cuesta su carrera deportiva porque descienden en su rendimiento o porque empiezan a lesionarse. Si los resultados son malos, las consecuencias pueden ser devastadoras. Un equipo en declive tiene muchos más lesionados que otro en racha ascendente y los lunes de victoria no hay lesionados. Todo lo contrario cuando se ha perdido.

            No hay momento más amargo que el de una derrota, la entrada al vestuario, el viaje en autobús con el cuerpo y el ánimo destrozados y la vuelta a los entrenamientos para intentar sacarte la espina el domingo siguiente. ¡Qué largas son las semanas cuando se ha perdido! ¡Y qué momentos los de espera en el banquillo para que termine de una puñetera vez el partido en que vas perdiendo 4-0! Pero así es el deporte, pasas de la alegría al pesimismo y al revés en menos de una semana. Me han tocado vivir momentos de inmensa alegría como las victorias en el Bernabeu, en San Mamés o toda la temporada del subcampeonato, y el de la tristeza más profunda, como el viaje de regreso desde Valencia, consumado el descenso a segunda.

            He vivido luces y sombras en el mundo del futbol, he sufrido momentos de amargura por causa del club, por los resultados deportivos, por los sucesos sociales que lo envolvieron en momentos de triste recuerdo y por causas más cercanas a mi cometido profesional. Pero son cosas que se difuminan en el recuerdo, que me ha tocado explicar en otros foros y otros momentos y, aunque mencione también ahora para que el relato se equilibre en términos de realidad, prefiero quedarme con los que seguro no olvidaré porque siempre será grato recordar.

            Quedarán siempre en mi memoria el grupo de mis primeras temporadas pero también la sucesión de jugadores que después se fueron relevando. He llegado a contar más de treinta nacionalidades diferentes de cuatro continentes. En un flash de memoria veo pasar a Meho, Darko, Rosatto, Gabi Shürrer, Juan Gómez, Cheito, Savio, Nihat, Arif Erdem, Karpin, Jankauskas, Khoklov, Mutio, Claudio Bravo. Ricardo Sa Pinto, Mild, Brechet, Yaw, Abreu, Oceano, Carlos Xabier, Westerbeld, Moha, Asper, Peiremans, Vaughan, Bonilla, Luis García, Svetanovic, Tayfun, Kvarme… y muchos más, que recordaría con un poco de esfuerzo. Cada uno con su historia

            Darko, entrañable y querido Darko, que se fue a la Juve y pagaron por él casi tanto como costó el estadio de Anoeta, que jugó dos semanas después de operarle un menisco y metió gol, que fue operado en Murcia de un tendón que se rompió después y tuvimos que volver a operar, que años después de irse de Donostia llamó para decir que sufría una dolencia cardíaca y no pensaba hacer nada sin que yo le dijera dónde y quién le tenía que tratar. Le operó uno de los mejores hemodinamistas del mundo, mi amigo de infancia, universidad y toda una vida, el doctor Mariano Larman.

            Meho Kodro que marcó mi entrada en la Real a la que llegamos al mismo tiempo, que me dedicó el tercer gol al Valencia en aquel partido en el que no iba a jugar y acabó jugando con un vendaje funcional que aguantara su reciente lesión de gemelos, que acompañé en el momento en que su hijo Kenan asomó a la vida en el Hospital Materno-infantil. Esperaban una niña y cuando llegó a casa, sus padres, al decirles que había sido chico, pensaron que se había pasado celebrándolo.

            Peiremans… es un capítulo aparte muchas veces explicado. Fuera del affaire que marcó su paso por la Real -que me tocó tragar no desde el principio porque estaba de vacaciones cuando le ficharon pero si hasta el final cuando conseguimos una cantidad astronómica en los juzgados del seguro suscrito por la Real- guardo de él un excelente recuerdo que no se ve empañado por los sufrimientos y el desgaste profesional que supuso para mí el tema de su lesión, su segunda lesión y su retirada del fútbol.

            Rosatto que frustró mi viaje a Roma en las vacaciones de Navidad cuando se lesionó en Málaga en los cinco últimos minutos ganando 0-5 y tuve que operarle al día siguiente de una rotura de menisco, que cuando salió de la Real y jugaba en Portugal vino a Donosti porque no quería que le operaran en USA de su patología de Aquiles. Quería que le operase yo, le operé y volvió a jugar en tiempo récord.

            Nihat vino lesionado y el club rechazó su contratación hasta que le operasen. Cuando fui a buscarle a Estambul, comprobé su recuperación antes de traérmelo a Donosti. Al día siguiente del reconocimiento me di una vuelta por la ciudad -quince millones de habitantes- y la gente me felicitaba por el fichaje. ¡No sé qué hubiera pasado si no se recupera!. Años después tuve que acompañarle a Barcelona para que le viera el tandem ruso que formaban los presidentes del Chelsea y el Spartak, una historia rocambolesca que acabó con una invitación, que rechacé, a subir a su jet particular para ver el partido Sporting de Lisboa-Chelsea. En verano, después de la operación, tuvimos que viajar a Munich y Londres  para pasar reconocimiento médico por una contratación que no llegó a realizarse. Un reportero oculto nos hizo fotografías que aparecieron en la prensa de aquí, sin que lo supiéramos, arrastrando maletas por el centro de esa ciudad.

            Como decía al principio de este relato, necesitaría un libro entero para no dejar nada en el tintero. No puedo seguir hablando de los extranjeros porque tengo que continuar con los que fueron mis últimos compañeros en el vestuario de la Real. Allí dejé a los masajistas Iosu Busto, Iñaki Anza y Juanjo Zapirain, a Mitxelo Olaizola, a los preparadores físicos, Alfonso y Karla, a  Juantxo Trecet -el más formidable delegado de la Real, el que nunca se enfada, el que tiene una sonrisa para todos, que prepara los viajes al milímetro, trata a los árbitros con la diplomacia de un embajador y llena la concentración de alegría y buen rollo- y todos los compañeros de Zubieta y Anoeta. Son la esencia de este club y unos supervivientes a una mala época que enturbió la convivencia de la empresa pero no consiguió destruirla.

            Mi despedida de la Real podía decir que fue triste pero no puedo porque no existió. Triste quedó el ánimo cuando una tarde en la que sabía no había entrenamiento, fui a recoger mis cosas y un desconocido que se identificó como el nuevo director de instalaciones, me preguntó qué hacía allí. Salí de mi despacho con un par de bolsas y dejé unos cuantos libros en las estanterías con una nota diciendo que los regalaba a quien pudiera hacer uso de ellos. Desde el pasillo oí cómo se cerraba a mi espalda la puerta en el silencio de la instalación vacía y quedaban atrás, sin un adiós, los dieciocho años más intensos de mi vida.

            Cuando me preguntan qué fue lo mejor de mi paso por la Real, contesto sin dudar que la gente que conocí. Quedaron atrás pero veo periódicamente a muchos de los jugadores y es mi mayor orgullo que acudan a mi consulta ellos o sus familiares, que me elijan -ahora que no tienen ninguna obligación- sobre cualquier otro especialista.

            Nunca podré olvidar momentos de convivencia como los que antes describía, que fueron los primeros, o como los que vinieron después: los viajes con Igor Jauregi, -una de las personalidades más singulares de Zubieta- al que acompañé a Finlandia para que operasen una rotura tendinosa la víspera de San Sebastián, la lealtad de Mikel Aranburu o Mikel Labaka, el sentido de la amistad de Aitor López Rekarte, el espíritu de grupo y la alegría de vivir de Gorka Larrea, la bondad de Imanol Alguacil, la generosidad de Javi De Pedro, las aficiones culturales de Mikel Alonso, la carcajada de su hermano Xabi cuando le contaba un chiste, la inocencia de Kote Pikabea, la amistad incombustible de Iñaki Alaba… Xabi Prieto, Elus, Sergio, Albistegi, Sarriegi, Agustín Aranzábal, Díaz de Cerio, Gaizka Garitano, Mikel González, Unai Emeri, Aitor Aldeondo, Zubikarai, Sergio Francisco, Martí, Jon Ansotegi, Iñigo Idiakez, Mikel Arteta, Markel, Diego Rivas, Alvaro Novo…, tendría que repasar la lista de todas las alineaciones para mencionar a cada uno de ellos y para cada uno tendría una palabra porque de cada uno guardo un buen recuerdo.

            Cuando Antxon Gorrotxategi y yo entramos en el vestuario para comunicar que dejábamos el club, escuchó nuestra despedida todo el equipo sentado en el banco corrido, cada uno debajo de su percha, como aquella primera vez en que fui estrechando la mano, uno por uno, a todos los jugadores de la plantilla. Era una noticia esperada y no por eso menos triste. Salimos del vestuario acompañados por el silencio solidario y, por qué no decirlo, propio de la timidez expresiva de los jugadores guipuzcoanos. Cerré la puerta del despacho y me puse a ordenar papeles y recoger objetos más que nada por tener algo que hacer y procurar no pensar demasiado. Alguien tocó en la puerta y, sin esperar respuesta, entró. Iñigo Sarasola, el jugador más joven de la plantilla, recién llegado del Sanse al primer equipo, se plantó a un paso y con todo el aplomo que pudo permitirle su situación de joven apenas salido de la adolescencia, solo ante un adulto de cincuenta y cinco años que había sido el médico del club que estaba en el poster de la Real colgado en su habitación desde niño, me ofreció su homenaje particular. No recuerdo exactamente sus palabras porque el estupor y la emoción no me dejaron oír la mitad de lo que decía. Recuerdo expresiones de agradecimiento por mi labor como médico y mi dedicación como persona. Le hubiera dado un abrazo allí mismo pero sólo pude decir «gracias» antes de que se diera la vuelta y me dejara allí plantado, reconciliado con el mundo y con la vista puesta en mi futuro inmediato que resultó ser la mejor sorpresa.

Eduardo Escobar

Donostia, a 19 de Agosto de 2013

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