Por qué Japón

 

            Trabajar en el fútbol ofrece muchas satisfacciones pero también algunas desventajas, como no disponer de fines de semana y sólo la mitad de las vacaciones habituales de la gente que te rodea. Los viajes continuos son al principio un aliciente pero pasa como con los dependientes de las pastelerías, que se hartan de pasteles. Por eso, al llegar el verano, cuando por fin puedes descansar, lo que más te apetece es tirarte en una hamaca con una buena novela y una limonada en la mano. Esas vacaciones tipo balneario no son precisamente las que más puede apreciar una compañera que te aguanta todo el año sin moverse de casa mientras tú apareces y despareces con la maleta y la cara de cansancio. Por eso, por tratar de compensar tantas ausencias, merece la pena hacer el esfuerzo, coger un avión y volar juntos lo más lejos posible. Ya puestos, lo mejor es poner tierra de por medio a ver si consigues desconectar. En ese empeño, hemos recorrido medio mundo quemando etapas, descubriendo destinos, tachando deseos de viajes que conjugaran la geografía y la historia de lugares conocidos a través de los libros, el cine o la televisión.

            Algún día tendríamos que conocer Japón pero no era un viaje que me atrajese precisamente. Imaginaba el bullicio de las grandes ciudades, el ruido y las luces de neón, la comida cruda, el desconcierto y la falta de información, jeroglíficos en lugar de indicadores… Y a precio de escándalo. Pero sí, pensaba que algún día, probablemente, iríamos a ese lejano país. Alguna vez.

            Algo así pensaba un día al salir del trabajo después del entrenamiento. Daba vueltas a varias ideas sobre el viaje del próximo verano. No podíamos programar las vacaciones ni hacer reservas porque nunca sabíamos qué día podríamos salir, ni si podríamos hacerlo. Ya nos ocurrió que después de un año de intentar saber el día del comienzo de mis vacaciones, sin éxito porque siempre surgía algo -un fichaje, un jugador en período de recuperación de su lesión, reuniones ineludibles para preparar la próxima temporada o cualquier otra emergencia real o forzada-, teníamos por fin las maletas hechas para salir rumbo a Vietnam cuando sonó el teléfono. A la una de la mañana continuaba hablando desde la cocina, intentando no despertar o intranquilizar a mi familia. Si no conseguía una solución, tendría que anular el vuelo que a las seis de la mañana debía ser el pistoletazo de salida de nuestras vacaciones y en su lugar viajar a Urugay para reconocer un posible fichaje, el colombiano Bonilla, que estaba en aquel país jugando un torneo. Pudimos arreglarlo: un traumatólogo argentino se desplazó para realizar el reconocimiento y esa opción, además, fue la mejor para el club por muchos motivos, proximidad y coste fundamentalmente.

            Iba pensando en estas cosas después de arrancar el coche y enfilar la carreterita que rodea el campo de entrenamiento, cuando empezó a llover. En las instalaciones no quedaba nadie, me había quedado solo redactando un informe mientras oía ruidos desde mi despacho que por si mismos iban contando la historia de jugador rezagado en la sala de masaje, masajista que se ducha y se va, jugador que se entretiene en la ducha, jugador que cierra la puerta metálica al salir, motor de coche que se va.

          La lluvia se hizo más intensa y llevaba camino de una tromba en toda regla. Al conectar el limpia, adelanté a una chica sin paraguas que trataba de taparse la cabeza con una carpeta. Por el retrovisor identifiqué una de las japonesas que esos días aparecían por Zubieta para ver el entrenamiento. El último campeonato del mundo, el de Corea-Japón, había dejado algunas secuelas, como aficionados asiáticos que seguían equipos europeos. Muchos turistas aprovechaban la visita para acercarse a los jugadores del mundial en su propio ambiente. No era la primera vez que veía esa cara entre el grupo de seguidores que pedían autógrafos en el parking a la salida del entrenamiento. Estaba seguro de que la chica tenía que conocerme. Y paré.

            Se acercó a la carrera con la carpeta todavía sobre la cabeza, bajé la ventanilla del acompañante y ella se agachó hasta mi campo visual. Efectivamente, me conocía y aceptó la invitación de llevarla hasta la ciudad. Nos habíamos metido en un lío porque la dificultad de comunicación era tremenda. Ella no hablaba castellano y a duras penas entendíamos uno el inglés del otro. Por fin sacó el móvil, marcó un número y me puso en comunicación con un amigo suyo, Javier, casado con Rika, padres de dos chicos, que vivían en Irún. Javier falleció un par de años más tarde pero entonces ya éramos amigos y su falta se hace más patente cuando nos vemos con su familia, con la que de vez en cuando quedamos para cenar. En pocas palabras me puso en situación: mi pasajera, Michiko, era natural de Iyo-Shi, un pequeño pueblo de la región de Ehime, en la isla de Shikoku. Rika, la esposa de Javier, también japonesa, era natural de Fukuoka en la isla de Kiushu. Ponderó mucho las cualidades de Michiko, presentándola como una chica excepcional, muy culta, perteneciente a una familia tradicional japonesa. Tuvimos oportunidad de confirmar esas cualidades y muchas más en años sucesivos: Michiko se convirtió con el tiempo, prácticamente, en un miembro de nuestra familia. 

            Pero entonces era una perfecta desconocida con la que costaba mucho esfuerzo mantener una conversación coherente. La dejé en el centro de la ciudad, despidiéndola sin idea de que aquel pequeño gesto de llevar una desconocida en el coche cuando empezaba a llover iba a suponer el comienzo de una bonita historia de amistad y cariño hacia toda una familia, los Tanaka, y hacia un país, Japón, del que desde ahora me declaro el mayor defensor.

           Los japoneses son gente muy detallista y Michiko es una verdadera japonesa. Envió una delicada tarjeta de agradecimiento que a Mamen le pareció maravillosa. Y unas semanas más tarde volvió a mandar otra para decir que había vuelto a San Sebastián después de un corto viaje. Para Mamen fue definitivo. Fue a buscarla a la dirección del remite, una pensión en la plaza Easo. No tuvo suerte porque Michiko había salido de nuevo, esta vez hacia París. Así se lo explicó Mami, su compañera de pensión. Le dejó una nota y la invitación para que las dos pasaran a visitarnos cuando volviera de su viaje.

 

            Así lo hicieron un lluvioso domingo cuando yo salía de casa rumbo al estadio para un partido. Mamen se quedó con ellas, les invitó a un café y les dejó nuestros pases. Después, de forma impremeditada y natural, Michiko entró en nuestro círculo íntimo. Un día vino a comer a casa y se quedó toda la tarde mientras yo estaba en la consulta, otro día la llevamos a cenar. Y se hizo inevitable planear nuestro viaje del verano a un país que hasta entonces había evitado pero que, lo sabía, algún día teníamos que visitar: Japón.

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

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