Mundaiz, primer día de clase

 “Angel Olmedo Carrascal”

           El profesor escribía su nombre con grandes trazos sobre la pizarra mural del encerado. En la clase reinaba el silencio, en parte por la puesta en escena del nuevo profesor que tenía extasiados a los alumnos por lo insólito de su actuación, hablando en tono premeditadamente calmado que desmentía con su movimiento inquietante por el aula, y en parte por la condición de alumnos novatos en el colegio de los mayores. Empezaban segundo de bachiller, cumplirían doce años a lo largo del curso y era el primer día en Mundaiz una vez superada la fase infantil de estancia en Sanchez Toca, el colegio que los corazonistas tenían en el centro de la ciudad para enseñanza de los primeros cursos, desde el parvulario hasta primero de bachiller.

           Se había construido un moderno edificio que completaba las instalaciones de la antigua villa gracias al dinero –decían- de la venta de terrenos a los jesuitas para levantar su universidad. Faltaban algunos detalles para rematar la obra del nuevo colegio y por eso comenzaba el curso en el antiguo, en la casa señorial que remata la finca en su punto más alto, desde el que se aprecia una vista panorámica del dominio, que en realidad es un meandro del Urumea. Desde ese punto privilegiado se divisa el centro de la ciudad y su perfil roto por la aguja de la catedral, y girando hacia el sur, el ensanche de Amara, la curva del río en el Puente de Hierro y las riveras de Loyola.

 

 

           A pesar del recorte de terrenos, el colegio disponía de grandes superficies para campos de juego como ningún otro en la ciudad aunque pudieran ser insuficientes cuando salían mil niños al recreo, todos a la vez, casi todos para jugar a fútbol, cada clase con su propio balón. En el campo de abajo, junto a la orilla del Urumea, jugaban simultáneamente treinta equipos, dos por cada una de las tres clases de los cinco cursos hasta sexto –los de Preu hacían vida aparte- cada uno con su balón pero todos con las mismas porterías y dificultades para identificar el equipo propio o el contrario, cediendo el balón a un jugador de otro equipo, cuando no de otro curso, sin tiempo para memorizar quién jugaba hoy contigo, incluso quién se había cambiado de equipo a lo largo del recreo para compensar las fuerzas de un reparto mal hecho cuando los capitanes –casi siempre eran el que mejor jugaba y el propietario del balón- “hacían pies” para elegir a los suyos. Se corrían grandes peligros: a los propios del fútbol se sumaban los de la aglomeración de contendientes, todos corriendo, todos dando patadas y chocando, con balones disparados en todas las direcciones. Una distracción podía ser fatal; mirar fijamente tu propio balón sin estar pendiente de los proyectiles circundantes podía suponer un balonazo en la cabeza con más o menos trascendencia, dependiendo de la distancia del disparo. Para atender al herido estaba el hermano Antoine, recuerdo viviente de los orígenes franceses de la comunidad, cariñosamente apodado “el Pellejos” por las facciones relajadas de un hombre delgado que había superado los ochenta años. A todas estas dificultades en el juego había que sumar la naturaleza del terreno, de tierra prensada cubierta de gravilla, y la de correr y manejar un balón llevando en la mano un bocadillo y en la boca trozos de patata de una tornilla que “se iba por el otro lado” provocando una tos espasmódica que por auténtico milagro –que se sepa- nunca provocó la asfixia de un niño.

 

                                                                                                        

 

           Entre el nivel más alto de la villa y el más bajo del campo de gravilla, el plano intermedio acogía el edificio nuevo y una casita adyacente con las aulas de Preu, un laboratorio de química y un pequeño frontón contra la fachada libre de ventanas de esa pequeña villa, sancta sanctorum de los preuniversitarios y su enigmático preceptor, el Caruso. El resto de esta superficie en la cota central de la finca lo ocupaban varias canchas de baloncesto sobre piso asfaltado y el trazado de lo que más adelante sería la capilla del colegio.

           Unas instalaciones magníficas que mejorarían sucesivas ampliaciones hasta conformar el actual colegio de Mundaiz. Unas instalaciones recorridas, exploradas, conquistadas hasta los rincones más apartados de su perímetro por los niños que aquel septiembre de 1965 contemplaban atónitos las histriónicas evoluciones del profesor seglar que se estaba presentando en su primer día de clase en la villa que les acogería durante el primer trimestre antes de ser trasladados al nuevo edificio.

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

Copyright © 2016. El blog de Eduardo Escobar Martínez. Desarrollado por Onestrategia