Librerías

          La tarde lluviosa no da muchas opciones. Agua y viento, ráfagas que voltean los paraguas, pantalones mojados por debajo de la gabardina… y la oportunidad de guarecerse. Un lugar cálido y seco, acogedor, un lugar para disfrutar de un momento tranquilo entre mesas y estanterías, respirando imprenta y barniz.

          Las viejas librerías de la ciudad han desaparecido poco a poco, los nombres han cambiado y se ha roto la tradición de aquellos rincones exclusivos por los que se movían lectores de vitola, profesores de Literatura o estudiantes de Letras. Han desaparecido la librería Internacional, Serván, Ramos, Baroja y muchas de aquellas entrañables librerías de barrio, librerías-papelerías, como Sainz de la Plaza del Sauce. Con entrada a la galería de escaleras de vecinos del número siete de la calle José María Salaverría y al Sauce, ofrecía cualquier artículo del ramo, desde la prensa diaria, los últimos best-sellers de la época  -Morris West, Franck Slaughter, Gironella- la prensa que todavía no se llamaba “del corazón” comandada por el “Hola”, lapiceros, rotuladores, pinturas de pastel, gomas, sacapuntas, secantes, plumieres, tiralíneas y compases, escuadras y cartabones, papel de regalo y la oferta de toda la literatura infantil y juvenil del momento, incluyendo las colecciones de tebeos, sección de aventuras bélicas, oeste, viñetas españolas y los llamados cuentos de hadas, como “Sissí”.

          Estaban de moda las colecciones de cromos inspiradas en películas del momento como “El Cid Campeador”, en las primeras series de televisión -“los Picapiedra”, “Bonanza”- o en los deportes. Se completaban colecciones con los equipos de fútbol de primera y segunda división, las escuadras ciclistas del pelotón que corría la Vuelta a España o el Tour, y aparecieron los fascículos por entregas que hipotecaron la paga semanal de muchos niños para poder completar la enciclopedia Salvat.

          En lugar de los desaparecidos han ido surgiendo establecimientos que no son estrictamente librerías, con una oferta inmensa de títulos actualizados que se mezclan estratégicamente con discos y “deuvedés”. Es posible encontrar la obra de cualquier clásico español, el último best-seller internacional o una colección de comics. El ambiente ha cambiado, se ha hecho popular pero más atractivo.

          Clientes y visitantes deambulan por las diferentes secciones de la librería distribuidas por temas, idiomas o el interés preferente de cada edad. Al viejo profesor que comprueba la ausencia de varios Episodios Nacionales en el estante de Pérez Galdós, no parece molestarle que una niña pequeña proteste desde la silleta que sujeta su mamá, enfrascada en un tratado de cocina. Sus dos hermanos, sentados en el suelo, ojean libros de dibujos en gran formato con las aventuras del teniente Blueberry. El anciano devuelve el libro a la estantería y se acerca a los niños. No sin esfuerzo, logra agacharse hasta su nivel para preguntar al menor –deben ser sus nietos- por esa aventura que tanto parece interesarle.

          En realidad no se trata de un cambio radical; son las mismas librerías de antes adaptadas a nuestro tiempo. No son tantos los cambios, o no tan importantes como en otros sectores del comercio y el ocio. Siguen siendo pequeños templos de la cultura, ahora más accesibles, donde lectores entusiastas se miran de reojo para no tropezar en su recorrido por las estanterías buscando un título o, simplemente, dejando que el destino ponga en sus manos un trozo de ilusión o fantasía.

          Ander Garolain disfruta en una librería como otros en un bar. Deja su paraguas en un contenedor junto a la entrada y se quita la gabardina. La temperatura del local es elevada y saca una pequeña bayeta del bolsillo de su pantalón para limpiar las gafas, súbitamente empañadas por el contraste con el exterior. No tiene un plan ni busca un título determinado. Ha entrado porque llueve afuera y porque no se le ha ocurrido un lugar mejor donde esperar a que escampe.

          Es la hora del aperitivo y podía haber entrado en el “Antonio”, justo en la acera de enfrente, a tomar un zurito y una banderilla de huevo con gamba, esa delicada mezcla de sabores que no ha sido superada por ningún pintxo campeón de concursos de gastronomía, como los que se ven en la portada que corona la primera pila de libros junto a la puerta y el paragüero. Le puede la afición. Como siempre, como le ha ocurrido toda la vida, como aquella vez, hace muchos años, que no deja de recordar cada vez que asocia mentalmente lectura y paladar…

          …Cuando él era niño no existía cultura dietética. Las madres no se paraban a pensar en la proporción de principios inmediatos de cada comida o en la secuencia horaria más apropiada para alimentar a sus hijos. Se daban por muy satisfechas si tenían con qué alimentarlos. Y la dieta era muy sencilla: tazón de café con leche para desayunar, galletas en las familias pudientes y rebanada de pan con margarina en la mayoría. Las horas transcurrían muy lentamente hasta la hora de comer pero nadie pensaba en la depleción de la reserva de hidratos de carbono. Se hacía hambre hasta la hora del potaje y asunto terminado. Preocupaba muy poco la cultura dietética porque los niños comían lo que podían, lo que había en las casas. Por no haber, ni siquiera había niños obesos…. En todo caso, alguno gordo.

          En el recreo, es verdad, muchos niños comían un bocadillo con la tortilla de patata que sobraba de la cena o, en su defecto, unas lonchas de chorizo de Pamplona o de mortadela. Los más privilegiados –en todas las clases había un Jaime Alzua- podían comprarse una ensaimada y hasta una chocolatina en la pastelería Iturbe, a escasos treinta metros de la puerta del colegio del Sagrado Corazón de la calle Sánchez Toca.

          Ander, no. Ander –en aquella época, Andrés- devoraba su tortilla de patata si había suerte con las sobras de la cena. Sin dejar de correr a lo largo del Paseo de los Fueros, se atragantaba con pequeños trozos de patata que se iban “por el otro lado”, se metían por las vías respiratorias y le hacían toser mientras perseguía el balón.

          Pero aquel día no. Ya se había comido el bocadillo por la mañana en el camino de casa al cole porque contaba con mejores posibilidades: era lunes y tenía un duro en el bolsillo. Los domingos recibía una propina del cura por ayudar en la misa de doce como monaguillo de su parroquia. Aquel domingo llovió tanto que no salió de casa en toda la tarde ni siquiera para ir al cine del colegio y gastar el duro en la entrada y unas pesetas de la paga semanal en un polvorón y regalices de cordón.

          El duro seguía allí, en su bolsillo, presente toda la mañana, una mañana de lunes más triste que el resto de las tristes mañanas de los lunes porque llovía. Pero el peso del duro y la conciencia de su posesión cambiaban el nostálgico ambiente del aula que olía a humedad y abrigos mojados en los percheros por un sentimiento de euforia controlada, muy íntima, que hacía bullir la imaginación de Ander entre reglas del nueve y afluentes por la derecha del Tajo en un sinfín de proyectos para su inversión.

          Seguía lloviendo y el profesor, don Luis, decidió que no era caso salir a la calle. El muy aprovechado y público paseo de los Fueros podía ser un buen patio de recreo a falta de otra cosa, pero no estaba cubierto y eso constituía un serio inconveniente en los días de lluvia… sin contar con el trabajito de llevar a cincuenta niños entre calles para que estuvieran media hora a la intemperie, calándose hasta los huesos.

          -Abrid las ventanas para que se ventile la clase. Podéis moveros entre las mesas, hablar o dibujar. El que necesite comprar el almuerzo, puede bajar a la calle y volver enseguida.

          Un duro en el bolsillo cambia mucho las cosas, con un duro en el bolsillo no hace falta ser Jaime Arsua para ponerse el comando y dejar la clase con un aire descuidado de señorío, como de quien puede salir a comprarse un bollo, bajar las escaleras de madera hasta el patio cubierto del colegio, llegar a la puerta de la calle… y salir.

          Con la capucha puesta proteges la cabeza. El comando se moja pero no se empapa y echas a andar por la calle, encogido en tu reducto de lana, con los ojos entornados, las manos en los bolsillos y un duro dando vueltas entre los dedos.

          No es premeditado, pero al llegar a la pastelería, Ander sabe que no va a entrar. Le embriaga el aroma de confitería y piensa en las posibilidades de sus cinco pesetas, pero un bollo y una chocolatina producen un placer efímero y la vida ofrece posibilidades de satisfacción más duraderas.

          Continúa por la acera, tuerce a la izquierda y sigue andando hasta la calle de los Reyes Católicos, gira sobre sus talones y se queda pegado al escaparate de la pequeña librería. De la parte interior de la puerta de cristal cuelgan varias hileras de tebeos: DDT, Tiovivo, Pumby, El Capitán Trueno, El Jabato, El Guerrero del Antifaz, Pulgarcito, Hazañas Bélicas, El Sargento Gorila, Hazañas del Oeste, Vidas Ilustres… Son muestras de la abundante colección que en el interior está expuesta y clasificada en varios mostradores. Casi no tiene que pensarlo. Entra, echa un vistazo rápido y coge un Hazañas Bélicas de formato apaisado –“Ocurrió en Birmania”- y un Jaimito con las aventuras del capitán Mostachete. No tiene que mirar el precio. Saca la moneda del bolsillo, enseña los tebeos al propietario de la librería, y paga. No hay cambio. Se da la vuelta y sale de la librería.

          Sigue lloviendo y tiene que hacer un esfuerzo para dejar de mirar, oler y tocar su valiosa compra. Protege los tebeos debajo de la axila, en el interior del comando, y camina por la acera con la cabeza baja para no mojarse la cara. Vuelve completando la vuelta a la manzana que ha trazado desde la salida, y franquea el portalón de entrada. El bedel, dentro de la garita de cristal, ni siquiera levanta los ojos de la novela de Marcial Lafuente Estefanía. La mayor parte de las clases no han salido al recreo y toda la mañana es un trajín de niños que van a comprar el almuerzo.

          Desata la botonadura de madera de su comando y saca los dos tebeos, secos y sin un pliegue. Mira alrededor. No hay nadie. Tampoco en la galería del piso de arriba. El colegio es parte de una manzana del ensanche de Amara, dispuesto en torno a un gran patio que filtra luz por la cristalera del techo que hoy repiquetea al ritmo de la lluvia sobre el cristal. La primera planta es una gran superficie que sirve de patio de cuartel a los niños que forman en filas para subir a las clases de la segunda. En la tercera están las estancias privadas de los frailes. El contorno de la planta baja está ocupado por las grandes estancias comunes: al fondo la capilla, a la izquierda el escenario –ahora protegido por una gran puerta corrediza de cristal- que lo mismo se convierte en un cine los domingos que en un teatro para festejar las efemérides del colegio con representaciones de los alumnos de Preu, conciertos de música clásica y moderna o concursos de declamación. A la derecha, la gran escalera que asciende hasta un rellano ocupado por una imagen del Sagrado Corazón y grandes placas de mármol con la inscripción de una larga lista de nombres –no se sabe si mártires, caídos o, simplemente, antiguos alumnos- y varias melladuras que la leyenda del colegio atribuye a disparos de fusilería en la guerra. Desde el rellano la escalera se divide a derecha e izquierda para, en un giro de ciento ochenta grados, llegar al piso de arriba, una galería rectangular en cuyo contorno se distribuyen las aulas.

          Andrés sube por la escalera maravillado con el dibujo en la portada de su tebeo de Hazañas Bélicas. Echa un vistazo al interior: sombras y luces magníficamente expresadas por trazos de plumilla y pincel, figuras que parecen moverse, primeros planos y paisajes de una selva tropical, trazos de disparos y explosiones, material bélico pesado, destrozado y semienterrado… y los diálogos recogidos en “bocadillos” de unos personajes dotados de rasgos y peinados muy parecidos -deben ser los preferidos del dibujante- manifestando emociones con trazos de una simpleza extraordinaria.

          Asciende lentamente, retrasando su llegada a clase porque no puede evitar una exploración preliminar del tesoro de tapas satinadas y olor a gloria de imprenta. Todavía le quedarán unos minutos para leer, sentado en su pupitre, hasta que don Luis anuncie el final del recreo. Alguien baja en sentido contrario y tiene que levantar la mirada para no tropezar.

          -¡Don Luis!

          -¿Qué llevas ahí, Garolain?

           -U-u-unos tebeos

           -¿Y el almuerzo?

          -No lo he comprado. Tenía un duro y me lo he gastado en los tebeos

          -Para eso no tenías permiso. Venga, dámelos. Vete a clase que yo sí voy a comprar el almuerzo.

          En aquella época los niños no sólo no discutían las órdenes; ni las cuestionaban. Con un dolor que el profesor seguramente no puede imaginar, entrega su aventura virtual todavía por descubrir, la ilusión de la mañana, el comienzo de una semana de esperanzas, y continúa la ascensión de una escalera que debe ser muy corta porque, sin notarlo, está de nuevo sentado en su pupitre. Sin almuerzo, sin tebeos, sin las cinco pesetas.

          Eso era en otra época y en otras circunstancias. Las cosas son ahora muy diferentes. Ander recorre la librería, se entretiene en la sección de Literatura, estudia los títulos alineados en el estante de Historia… y mira de reojo al viejo profesor y sus nietos. Los dos pequeños siguen en el suelo, uno sentado a lo indio con un gran cómic desplegado sobre sus rodillas y otro tumbado boca abajo, sujetando el mentón con las palmas de las manos vueltas y el cómic en el suelo. El abuelo ha conseguido sentarse apoyado contra la pared, recoge el libro del suelo y lee para el más pequeño. La niña de la silleta está dormida con un chupete en la boca y su madre, de pie, ha pasado de los tratados de cocina a los de decoración.

          Ander se acerca a la caja con varios libros bajo el brazo. En la cola, abre uno sobre el mostrador y escribe unas palabras bajo el título interior.

          -Éste, por favor, envuélvalo en papel de regalo.

          -“De grumete a almirante”… -la dependienta está bien entrenada y consigue empaquetar el libro con pliegues muy precisos, cerrando el envoltorio con una cinta plateada que riza con el canto de una tijera; mete los otros dos libros en una bolsa- Total, setenta y dos euros. ¿Cómo va a pagar?

          -Efectivo –y entrega dos billetes de cincuenta-.

          -Veintiocho… y el ticket que meto en esta bolsa. Así…, gracias.

          -A usted.

          Se da la vuelta pero no hacia la salida sino, de nuevo, al interior de la librería. El abuelo sigue leyendo con gestos de sufrimiento, debido probablemente a sus lumbares porque el respaldo en la pared no es la mejor postura para su maltrecha columna.

           -Perdone

           -¿Si?  –interrumpe la lectura para mirar hacia arriba

          -Usted seguramente no me conoce. Me llamo Andrés Garolain y soy antiguo alumno del colegio. Estuve en su clase de tercero. Al verle ahí, con los niños, me ha hecho recordar la hora de lectura, con aquel libro tan divertido…

          -…“Chicos y cosas”. Y claro que me acuerdo de ti. Leo tu crónica del periódico todos los días.

          Ander está tan acostumbrado a esta asociación con su actividad en el periódico que casi le parece haber perdido identidad propia, cediéndola a un personaje público que le resta méritos personales. Pasa por alto el comentario, intentando restarle importancia, y continúa con el hilo principal de la conversación.

          -“Chicos y cosas”… Era el mejor momento de la mañana después de rezar el Angelus. El ambiente rural de una familia de clase media, los niños, la escuela, los amigos… ¡Aladaritos!

          – Aladaritos, hijo de Aladares. Veo que te acuerdas.

          -No del todo; han pasado muchos años. Sería una de las primeras… seguramente la primera lectura de un texto sin dibujos. Hasta entonces sólo leíamos tebeos que se iban haciendo viejos de tanto cambiar de manos. Salíamos a la calle con nuestro fardo para cambiarlos en el barrio. Hacerlo bien era un arte.

          -Ya lo creo… -el profesor baja la cabeza sin dejar claro si es porque le molesta el cuello de tanto mirar  a lo alto, porque al decir “tebeo” se acuerda del nieto y el cómic que estaba leyendo o por cualquier otra razón, como dejar de mirar fijamente a los ojos de su antiguo alumno.

          -Había que tener habilidad y desparpajo para no dejarse engañar y volver a casa con una remesa de tebeos interesantes y bien conservados. Empezamos leyendo tebeos pero nos aficionamos, poco a poco, a leer libros. En algún momento se da el salto, se coge un libro lleno de letras que, como mucho, tiene una página dibujada de vez en cuando y pasamos las hojas como quien salta obstáculos para llegar a la del dibujo.

          -Cierto –responde el profesor-. Por eso es muy importante elegir el libro adecuado, que atrape y no aburra. El niño se tiene que aficionar a leer pero no le podemos imponer la lectura. Tiene que descubrirla.

           -Pues estos niños deben estar a punto de hacerlo. Por la edad, quiero decir. Les queda poco tiempo de comics…

           -No, no lo creas. Es una afición que no se pierde. Yo todavía los leo. Siempre me gustaron y todavía disfruto de esa pequeña muestra de imaginación y arte. Los dibujos a veces son maravillosos.

           Se cruzan las palabras pero en el ambiente flotan muchas más… o eso cree Ander. Quedan en el aire las suyas, las que piensa y no dice. Y parece que se juntan con las que, figuradamente, deja volar el profesor. Así está bien, conversación entre pensamientos que no estropea su formulación explícita.

          -Bueno, don Luis. Tengo que irme. Este paquete es un libro juvenil. Me gustaría que lo aceptara como contribución personal al bautismo de fuego –literario, quiero decir- de sus nietos. He comprado unos libros y no he podido resistir la tentación de añadir éste en recuerdo de aquellas lecturas que nos hicieron disfrutar en su clase de tercero.

          -Hombre, muchas gracias, Garolain. Lo leeremos en casa. Mucho éxito con tus escritos y mucho cuidado también… que te corrijo todos los días.

          Una sonrisa, un apretón de manos, “hasta luego, chicos, cuidad del aitona”… En la calle, Ander piensa en la dedicatoria garabateada en el interior: “Con cariño a mi profesor, por enseñarme a leer textos sin dibujo”

          Y debajo de la firma: “También me gustaban los tebeos y nadie consiguió que dejara de leerlos”

          A los pocos días recibe un paquete de regalo en la redacción del periódico. En el interior, un libro con tapas de cartón y un título familiar: “Chicos y cosas” Lo abre con impaciencia hasta encontrar la dedicatoria: “Con todo el cariño de tu viejo profesor, en recuerdo de una época feliz y de tu inicio a la lectura”

          Y debajo de la firma: “Todos actuamos en función de la época que nos ha tocado vivir. Lo hicimos en la creencia de que era lo mejor aunque muchas veces nos equivocáramos”

          Y todavía, unos trazos apresurados y espontáneos: “A ver si un día cambiamos tebeos; conservo algunos muy antiguos”

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

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