Gira del 92. Inglaterra

          Por fin llegamos a Birmingham. Como en todos los aeropuertos, un autobús espera a la expedición y se van cargando equipajes en el maletero hasta comprobar que no falta nada. No siempre es así. En vuelos internacionales el grupo sufre las mismas incidencias que cualquier viajero con la pérdida de equipajes. Cuando han pasado muchos minutos y la cinta ha dado varias vueltas sin que aparezcan nuevas maletas, el desesperado propietario de la desaparecida tiene que pasar por el trámite de la denuncia, descripción, firma y contención de su buena dosis de mala leche.

            Los aeropuertos tienen la capacidad de agotar al personal. Basta un vuelo ligero de un par de horas, precedido y culminado con una estancia en ese hormiguero desapacible y ruidoso para que el viajero acabe agotado y con ganas de sentarse en el autobús para llegar al hotel cuanto antes. Si es verano y el sol pega en la ventanilla, o te tragas el aire helado que sale por la rejilla del techo o sales a dar un paseo hasta que el delegado –pobre delegado que se traga problemas propios y ajenos- llegue a la carrera con la nota de reclamación y la promesa de que las maletas perdidas estarán al día siguiente en el hotel. Menos mal que no ha sido un baúl con la ropa de entrenamiento…

            Con todo esto y el viajecito hasta llegar al centro de la ciudad en medio del tráfico, la tropa de veinteañeros sólo piensa en salir de la jaula para darse una ducha pero se lo impide un tipo en uniforme de recepcionista con pretensiones de almirante de la flota británica que, plantado en la escalerilla, no deja que nadie salga hasta que todo el mundo entienda un importante mensaje que repite en un inglés más afectado que el de un lord victoriano con bastón y sombrero de copa. Nos cuesta pero al final podemos entender que el personaje pretende instruirnos sobre una novedad técnica de su hotel que nosotros, mediterráneos asilvestrados, hemos de conocer antes de bajar del autobús: ¡las puertas se abren con una tarjeta! Nos preguntamos, entrenador galés incluido, si el recepcionista es oligofrénico o la concepción británica sitúa al aborigen allende los Pirineos justo por encima de la invasión visigótica. Decidimos que el tipo es imbécil y nuestro entrenador, que no se anda con chiquitas, deja el camino expedito lanzando su nada desdeñable humanidad escaleras abajo.

          Se agolpan los recuerdos como ráfagas discontinuas, en pequeños capítulos que, anécdota tras anécdota, quedaron grabados en la memoria para constituir la historia personal de aquella mi primera pretemporada. Son recuerdos que por sí mismos dan color a una etapa profesional muy intensa, vivida entre jóvenes deportistas, compartida con una afición de la que he sido un número desde la infancia. Son recuerdos que al ser evocados provocan media sonrisa. Son mis recuerdos, los de sus protagonistas y ahora de quien tenga interés en compartirlos.

 

            El ritmo de la gira se marca en función de los partidos: preparación con entrenamientos de mañana y tarde, horario de comidas y descansos, momentos de ocio para las tertulias y paseos, desplazamientos y competición. La repetición de acontecimientos no llega a ser rutinaria porque el movimiento entre partidos y la emoción de las primeras pruebas del equipo no da tiempo a sentir la monotonía, pero algunos momentos comunes al grupo expedicionario –desayuno, entreno, comida, siesta, entreno, cena- remedan un dejà vu que sería constante en años sucesivos, incluyendo algunas chispas, pequeños acontecimientos como el cumpleaños de Miguel Fuentes y después Javi De Pedro, que siempre coincidían con la gira. Y repetimos un ritual de festejos que se hizo más entrañable a medida que los años fueron convirtiéndolo en una tradición. Al terminar de cenar se apagaban las luces y aparecía una gran tarta alumbrada por el chisporroteo de las velas mientras cantábamos el Zorionak antes de beber una copa de cava. Después de aquel primer año y durante bastantes pretemporadas, se completó el ritual con las canciones de José Antonio Salas, su gran humanidad y potente voz, que entonaba El Viejo San Juan y era coreado en el estribillo por la peña con el adiós, adiós y flamear de servilletas al aire. 

 

    

        En los primeros entrenamientos decidí completar un programa personal de actividades con algo de ejercicio y empecé a correr por la banda a un ritmo mucho más lento que el de Iñaki Anza, nuestro masajista, auténtico atleta de fondo que preparaba el maratón. Estaba tan oxidado que el segundo día, durante el entreno de la tarde y después de haber forzado el ritmo por la mañana, cambié la carrera por el trabajo de recogepelotas, corriendo por balones que rebasaban los fondos en los tiros a puerta. No calculé que un ejercicio intermitente con arrancadas bruscas entraña algunos riesgos. Y me dio un tirón.

            Sentí en propia carne la sensación de pedrada en la pantorrilla y giré pensando que algún jugador me estaba gastando una broma. Intenté disimular el dolor y poner cara de poker pero fue imposible caminar sin cojera mientras seguía caminando, erguido y muy digno, en busca del balón perdido mientras escuchaba el coro de carcajadas de todo el equipo a mi espalda. El único lesionado de la gira.

            Eran tiempos de fotografía analógica y con mi vieja reflex, una Canon comprada en Ceuta y legalizada a mi pesar porque en la aduana exigieron el pase por taquilla, intentaba recoger los momentos más significativos del viaje. Hasta que el galés me dirigió aquellas palabras llenas de calor y reconocimiento: “Mmm, doc… nunca vi un médico fotógrafo” Y dejé de hacer fotos. 

 

 

 

            Ganamos el primer partido contra el Birmingham (3-4) con goles de Kodro, Carlos Xavier y dos de Océano, los extranjeros recomendados por Toshack. El más meritorio fue el de Meho, que jugó bajo los efectos de una ensalada de analgésicos y antiinflamatorios por un terrible dolor de muela. Durante las vacaciones le habían colocado un empaste sin endodoncia que empezó a doler a poco de pisar territorio inglés. Acudimos a un dentista en Birmingham que le retiró el empaste y selló de nuevo la muela. Como si nada. Continuó con un dolor intenso y constante que no le dejaba dormir y, de paso, tenía en vela a Iñaki Alaba, su compañero de habitación. En Newcastle visitamos un segundo dentista con idéntico resultado. Tuvimos que llegar a Portugal para que un expeditivo sacamuelas hiciera honor a su nombre y terminara con el problema.

            Fue el único momento tenso de mi relación con Meho, un jugador carismático, de gran personalidad, noble y leal, el comienzo de una relación de amistad que se fraguaría con otros momentos de convivencia y emociones compartidas. Como cuando en la temporada siguiente paseábamos por un campo de golf en la segunda gira inglesa, haciéndome partícipe de historias sobre la terrible guerra que asolaba Bosnia y afectaba a sus seres más queridos. O cuando vimos nacer a su hijo Kenan en el hospital materno-infantil de Donosti. Fuimos después a cenar y continuamos hablando durante horas hasta que, noche avanzada, decidió volver a casa para compartir la noticia con sus padres que dudaron de su estado de lucidez cuando les comunicó que su nuevo nieto era un varón. La predicción del ginecólogo anunciaba una niña y sus padres pensaron que venía de celebrar el nacimiento con más de un brindis en compañía del doctor.

          Fueron momentos cargados de emoción personal que se correspondieron con otros no menos emocionantes en el plano profesional, como ocurrió en un partido contra el Valencia en Anoeta en el que fue duda hasta última hora por una distensión de gemelos.  Le convencí para que saliera al campo con un vendaje funcional, una práctica que me ha dado muy buenos resultados y alguna decepción, pero que entonces funcionó a la perfección. Meho hizo un hat trick y en el tercero se acercó al banquillo para dedicármelo, bajándose la media y enseñando el vendaje. 

 

          Jugamos el torneo de Newcastle, perdiendo (3-2) contra el Sporting de Lisboa, equipo en el que militaba un brillante y desconocido -para mí- jugador portugués con el que tuve ocasión de compartir el banquillo en los prolegómenos del partido y mantener una divertida aunque intrascendente conversación. Se llamaba Figo.

          Empatamos a tres con el Middlesborough pero sólo puedo recordar la tremenda bronca del entrenador a sus jugadores en el descanso. 

          Y así terminamos nuestra estancia en Inglaterra. La siguiente escala de nuestra larga gira veraniega nos llevaría a Lisboa.

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

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