Garicano y las pastelerías de entonces. Capítulo 1

          Me gusta pasear por la ciudad, vagar sin rumbo fijo, deambular con parsimonia y detenerme en los puntos más interesantes, los que recogen gratos recuerdos de mi vida en esta ciudad, mía aunque no me viera nacer. Me detengo y descubro ángulos y perspectivas inéditas, enfoques sorprendentes de lugares que todavía esconden secretos por más que les haya dedicado tantos años y kilómetros de inspección fervorosa. Me gusta pasear y eso facilita el cumplimiento de la obligación diaria. Es la base de mi inspiración y una fuente inagotable de pequeños temas cotidianos en los que basar la crónica que cada atardecer llevo al periódico para que entre en la edición del día siguiente. 

           Todavía voy al periódico. Podría enviar mi artículo a través del correo electrónico pero eso quitaría peso a mi esfuerzo, devaluaría mi trabajo y mi dedicación. Necesito sentir la pertenencia al lugar, ver las caras de los compañeros de redacción, participar en las tertulias improvisadas del café en la mano o el pitillo en el jardín. A veces, alguien me pide ayuda para escribir un artículo urgente.

 

           -Venga, Ander, que tú eres redactor de vieja escuela. 

           Es un halago que agradezco con gestos de aprecio y nunca me niego a colaborar; me gusta. Pero no acepto ser un redactor de vieja escuela, que viene a ser lo mismo que un viejo redactor de una escuela aún más vieja. No puedo aceptarlo porque hace dos días yo era un niño -Andrés Garolain-, que llegaba a esta ciudad cargado de ilusión, con gestos y porte delatores de mi condición pueblerina, con un acento de la Ribera de imposible disimulo. 

           Paseo y disfruto de la contemplación de los rincones, de las perspectivas, del suave balanceo de las hojas en los árboles de los parques, de los pocos ruidos familiares que aún quedan –ya se han perdido los reclamos de los propietarios de las tiendas de ultramarinos, la sirena de las doce en las fábricas del otro lado del río, el chisporroteo de los cables del trolebús-, de la percepción de los aromas de mi infancia, los que permanecen a través del tiempo y los que ya han desaparecido, incluso el fétido hedor que inundaba las calles de Amara cuando, al bajar la marea, se sumaban los efluvios del lodo en el cauce del Urumea y los agrios desechos de la fábrica de aceite. Intercambio saludos en mi cruce continuo con viejos amigos, vecinos y caras familiares, que van siendo mayoría en esta pequeña población en la que, con el transcurrir del tiempo, todos llegamos a conocernos. 

           Hay momentos, sin embargo, en que la fuerza del lugar y sus recuerdos atrapados, consiguen aislarme del todo y ya no reconozco el rostro de los caminantes ni las sensaciones que me rodean. En esos momentos, dejo que el recuerdo me transporte a otra época que no sé si fue mejor o peor –según la evocación de cada lugar y cada momento tendría que darle calificaciones alternantes- pero que a mí me gusta revivir. Fue en uno de esos momentos de aislamiento cuando sentí, con gran sobresalto, el empujón más que palmada, que casi me tiró al suelo y provocó mi gesto defensivo. 

           -¡Jaime! Contrólate un poco, hombre, que ya no estoy para trotes. 

           -Perdona, perdona si te he asustado. De verdad que no he pegado fuerte. ¡Es que estabas en Babia! 

           Desde que Jaime se jubiló anticipadamente aprovechando la oferta del banco a empleados de más de cincuenta años, me lo encuentro en todas las esquinas. 

           -Vale, vale, no pasa nada. Perdóname... Estaba un poco ido y me has sobresaltado. 

           -Estarías recordando alguna historia para tu artículo del periódico, como siempre. 

           -Pues sí, tienes razón. He visto pasar el Topo, el de ahora, que se ha convertido en un tren de cercanías bastante moderno que no mete ni la mitad de ruido que el de antes, y me ha venido a la memoria la pequeña estación que estaba ahí, entre Errondo y Easo. Recordaba también la librería del parque con aquel escaparate que nos gustaba tanto porque en la primera fila -junto al cristal- exponía una fila de cuentos con tapas recortadas. Había uno del que colgaba un pequeño silbato, el de su protagonista: “Manolo, guardia urbano” 

           -Siiii. ¡Qué memoria! Me lo has hecho recordar. Debió estar allí muchísimo tiempo 

           -Todo el año hasta el día de Reyes, porque no había más ocasiones para comprar esas cosas. En los cumpleaños sólo teníamos una opción de regalo y no la gastábamos en el cuento de un guardia gordinflón con sombrero y chiflito que seguramente no pitaba.

            -Ja, ja, ja. Y tanto. Yo siempre quería que me regalaran una navaja para jugar al hinque, pero mis padres siempre se negaron. Al final me la compró mi tío, el marino, sin que ellos lo supieran. 

           -Han desaparecido casi todos los comercios de entonces: la mueblería del  cascarrabias Zurutuza, la tienda de ultramarinos de Pablito, el local del zapatero remendón y la parroquia. Sólo queda la pastelería Garicano. 

           -Ha cambiado todo. Ya no recuerdo dónde estaba la parroquia pero sí que íbamos a misa los domingos en vacaciones. Durante el curso, era obligatorio ir a la del colegio. 

          -Junto a la pastelería, pared con pared –expliqué-. Cuando estábamos en misa, entraba un tufillo de tahona que mareaba. A veces mareaba de verdad, porque para comulgar tenías que guardar tres horas de ayuno.

          -Ya lo creo. En cuanto salíamos, me compraba una ensaimada y una chocolatina con almendras.

          –Si… tus ensaimadas. Eras un mimado y siempre tenías un duro para tus ensaimadas y tus tebeos. Algunos como yo, teníamos suerte si la madre nos ponía un tarugo de pan y dos onzas de chocolate.  

          Jaime es el tercer y tardío hijo de una familia en la que los padres, que ejercían de abuelos, mimaban al pequeño en su infancia hasta detalles de escándalo, como mandarle al cole, a diez minutos de paseo, en el trolebús. Tanto recibir y poco dar forjaron una personalidad egoísta, poco dada a compartir refinados productos de pastelería con desposeídos de la fortuna. Los años de infancia compartida estuvieron plagados de muestras de tacañería que mejor no recordar. Derivo en sucesos más gratos, como la extensa lista de pastelerías repartidas por toda la ciudad, desaparecidas tiempo atrás y sustituidas, en parte, por otras de nuevo cuño y menor candor.

          -De las tradicionales, creo que sólo queda Garicano –desde hace algún tiempo enumero con añoranza las dulces escalas, de escaparate en escaparate, que jalonaban mis excursiones al centro de la ciudad. La Flor y Nata estaba en la calle Urbieta, junto al teatro Bellas Artes. Con el mismo nombre había otra en la calle San Martín, apenas a cuatrocientos metros. Rich, en la esquina con Moraza y en la plaza del Sauce. Indupan, Amaya, Goenaga… desaparecidas o fagocitadas por las grandes cadenas. Lo que más me duele es que cerraran Iturbe, Ayestarán y Maiz, que eliminaran para siempre el aroma inconfundible, la sinfonía de esencias, de Iturbe, el amplio local con vitrinas de pasteles a la izquierda y pastelillos a la derecha, las bandejas de “ingleses” con cúpulas rizadas de merengue, las bomboneras, los escaparates llenos de tartas o dulces de cada temporada, buñuelos, huesos de santo, barras de mazapán artesano…, que desapareciera para siempre el señorío de Maiz, el uniforme de doncella “años veinte” de las dependientas, o el aire romántico de Ayestarán, los tarros de fruta confitada en el escaparate, el aroma de los bollos calientes, los envoltorios de celofán, el brillo de la cristalería… el mundo inolvidable de la confitería.

          -Me asombras. Nunca hubiera pensado que el recuerdo de unas pastelerías diera para tanto.

            -Mira, Jaime, no te lo tomes a mal: tú eras un niño bonito que comía ensaimadas y te pasaba lo que a los niños de ahora: que no te gustaban los pasteles. Pero a mí y a la mayoría de los críos de nuestra generación nos faltaba glucosa en sangre y el pastel era una necesidad fisiológica. No es que nos gustaran, es que los hubiéramos robado. Bueno, de hecho, yo robé un día con “el Cica” unas barras de “Almendritos” en la confitería de la plaza Easo. Y en la tienda del barrio, una bolsa de peladillas… y no lo he olvidado… ni me arrepentí… ¡ni me arrepiento, joder!

          -Perdona, oye, ¡que nosotros algunos domingos tampoco comíamos pasteles!

          -¡Eres el colmo! ¡Que algunos domingos NO comíais pasteles! Algunos domingos, te digo yo, en mi casa no comíamos “la paella”, que era un arroz teñido de amarillo por el azafrán o lo que le echara mi madre, con un pedazo de pollo o dos mejillones y varios trocitos de calamar, según la modalidad terrestre o marina del correspondiente domingo. ¡Y vosotros “algunos” domingos no comíais pasteles! ¡Qué pobre Jaimillo que no comía pasteles “algunos” domingos mientras los demás disputábamos el currusco de pan con los múridos!

          –¡Ja! ¡ja! ¡ja! Te estás pasando, Ander. Que tampoco era para tanto...

          -Pues no, no era para tanto, pero eso no quita para que fueras un pijo adelantado que comía pasteles “casi” todos los domingos, compraba el Pumby y el TBO y tenía la colección completa de Tin-Tin, la Miscelánea de Selecciones del Reader´s Digest y, a partir de segundo de bachiller, todos los fascículos de Salvat… ¡y todavía te sobraba para comprar tus dichosas ensaimadas!

          -Pues sí que te acuerdas…

          –¡Hombre, claro! Y de tu tocadiscos cuando cumpliste doce años, y de los discos de Adamo, los Brincos, los Pequeniques… de tu evolución adolescente a Ottis, Santana, Jimmy Hendrix… de la lista de radio Luxemburgo... ¡Que eras un pesado, chaval…!

          -Te lo sabes mejor que yo…

          -Como para no saberlo. Que sí, que eras muy pesadito. Pero ya vale, que no me apetece hablar de tus monadas. Te estaba hablando de las pastelerías. Iturbe acabó por cerrarse, pusieron una mueblería de cocina y ahora, también, una pequeña panadería. Pero la que recuerdo con más nostalgia es Ayestarán. Hice la primera comunión en el colegio de la calle Sanchez Toca y mi padre nos invitó a desayunar en ese templo del goloso. Todavía recuerdo las columnas de mármol verde –para mí eran y serán para siempre de mármol- flanqueando el escaparate, dos inmensas cristaleras con fuentes y tarros de frutas confitadas de tonos ambarinos, amarillos, verdes y ocres, relucientes por el brillo del azúcar o el almíbar, redondas, firmes, consistentes… una maravilla artesanal que nunca más he vuelto a ver, el icono inmortal del refinamiento, la muestra en exposición permanente de las cosas delicadas que algún día podemos alcanzar.

          A mis palabras siguió un silencio que Jaime no se atrevía a romper. No había terminado de hablar y él lo sabía. Por una vez en su vida, guardó silencio hasta que terminara de abrir la espita de mis anhelos de infancia volcados sobre el néctar de exposición que podíamos ver pero muy raramente tocar.

          -Me pasaba horas con la nariz pegada al cristal, sobre todo a este cristal de Garicano. Pensaba que yo solito podía comerme una tarta entera. Tenía echado el ojo a dos: una grande y plana cubierta de rombos de yema caramelizada y otra más pequeña pero mucho más alta, blanca y luminosa, de pastel ruso. Era un tiempo inocente, cuando el mundo estaba por descubrir y todas las metas por alcanzar…

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

4 comentarios

  • Me has traido el recuerdo, un recuerdo muy muy vago, de lo que creo era la parroquia antes de que se construyera la sagrada familia. Un local junto a Garicano, creo. No creo que yo tuviera más de cinco años. No sé qué hay ahora en ese local. Tengo que fijarme.

  • Es el local colindante con Garicano, a su derecha. De hecho un día pregunté en la pastelería y me dijeron que la habían ampliado con parte de lo que fue la parroquia

  • Hola, Eduardo: El sábado tuvimos una comida en Basollúa la cuadrilla, de la que, como sabes, forma parte Gotzon, en aquéllos años Angel, Arroyo y me comentó tus crónicas del barrio. Las he leído con gran cariño, nostalgia e interés porque yo también formaba parte del barrio. Todo lo que comentas, con gran acierto,
    no es que me suene, es que lo he vivido, con otras anécdotas pero en los mismos “decorados”.
    Ha sido un placer evocar recuerdos de esa niñez que, como bien dices, sigue ahí un poco escondida por la fachada que nos decora el paso de los años pero que sigue viva, como si fuera ayer, en el recuerdo. Gracias.

  • Querido Alberto: no sólo sé que eras parte de aquel mundo, dentro de lo que tú llamas aquel decorado, sino que me acuerdo perfectamente de tí y de uno de tus hermanos -eráis prácticamente de la misma edad- de tus padres -amigos de los míos- de tus andanzas en la plaza del Sauce y en Mundaiz -uno o dos años por delante-. Me acuerdo de tu cuadrilla o al menos de alguno de sus componentes. Además de Gotzon, Arias de la cafetería del Astoria, Eceiza, Gandarillas, Juan Erdocia de la gasolinera de Easo que fue mi alférez en el campamento de Colmenar Viejo y que me tuvo enchufado en el botiquín, el llorado Mikel Essery y su cita para pasear de la mano de Viky, la chica más guapa del barrio y del colegio alemán, los Urbistondo… y alguno más. Recuerdo tu portal que viene descrito en el relato sobre Garicano y donde sitúo la vivienda del profesor de Literatura. Recuerdo el desarrollo precoz de los hermanos Luque que nos tenían muertos de envidia porque les creció el bigote antes que a los demás… Son fogonazos de una época que no sé si fue mejor o peor que la actual pero que con la deformación positiva en el recuerdo la vemos ahora con ese particular encanto que trato de reflejar en mis batallitas. No tengo más remedio.
    Un fuerte abrazo y muchas gracias por tu comentario. Me has dado una alegría y una inyección de ánimo para seguir escribiendo.

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