El incendio de Sánchez Toca

          Llovía en Donostia. Como antes, cuando el sirimiri era un envoltorio transparente de la ciudad, cayendo suavemente, como una caricia, distorsionando vagamente la visión de las cosas con un lánguido tono gris, empapando todo con discreción, calando el carácter de la ciudad y su gente. Nada de esas ráfagas violentas de lluvia torrencial que caen alocadamente y se aceptan con resignación, como algo inevitable que rompe la paz natural de lo cotidiano. Es verdad que de vez en cuando el cielo se sacude y cae una tromba, nervios de luz y estrépito sonoro, con el agua inundando los bajíos y formando lagos sobre las bocas de desagüe taponadas con las hojas amarillas del otoño. Es verdad que a veces el cielo se enrabieta y parece caer sobre nuestras cabezas, pero en general, aquí se aprecia la discreción, la lluvia suave y la gente activa pero callada. Es cierto, si, que “también nos mueve el dinero y la vanidad” pero sabemos callar y esperar el elogio sin pedirlo, mucho menos proclamarlo, y no hay falta más imperdonable que la indiscreción, el contoneo y la exhibición pública 

          Llovía en Donosti, caía el sirimiri en octubre y no paraba hasta mayo. Los niños salíamos de casa con un abrigo, trenca o comando, que venía a ser lo mismo con distintos nombres, según el origen cultural y geográfico de las familias. Los niños teníamos un abrigo para todo el invierno, contra el frío y contra la lluvia, recio y pesado para evitar que calara el interior. Después llegó el anorak, impermeable y abrigo a la vez, que sólo cubría medio muslo, un inconveniente muy serio cuando con menos de catorce años sólo se podía llevar pantalón corto. Los paraguas, pequeños paraguas de talla cadete, no sobrevivían a febrero, apenas dos meses desde Navidad, una infinidad de tiempo para soportar el embate de una ráfaga de viento, el choque violento en un duelo de espadachines enanos o, más probablemente, el abandono involuntario en cualquier banco del parque. Los niños no podían conservar ese pequeño paraguas que los Reyes habían dejado junto al fuerte con indios de caucho; tampoco lograban conservar los guantes de piel forrada que acababan en el fondo de un cajón cuando, en ciclo anual de constancia machacona, perdían su pareja. Seguían corriendo por la calle, jugando en los parques, atravesando el desierto de las orillas del Urumea para llegar hasta la finca Mundaiz, sin guantes ni paraguas, bajo la lluvia constante e inevitable.

           Llovía en Donosti y esa lluvia bendita, casi olvidada, mojaba de plata las aceras de la calle Sánchez Toca, donde ya no se oye el coro de mil voces cantando la tabla del siete o los cabos de África, porque el colegio de los corazonistas ya no existe y tan sólo una placa en la fachada, autorizada por los vecinos en el centenario de la llegada de los frailes a San Sebastián, recuerda que esa pequeña puerta y ese portero automático fueron un tiempo el portalón de entrada a un patio de columnas, custodiado por un viejo conserje de raída bata azul al que sólo faltaban unas gafas sin patillas para ser idéntico a Gepetto. 

          – Parece que fue ayer. 

          Concentrado en mis pensamientos no había advertido la presencia a mi espalda de alguien que también leía la placa conmemorativa. Me giré hacia la voz y tardé unos segundos en reconocer a su propietario.    

 

          – ¡Jaime! Me has asustado. Estaba recordando cómo era esto hace… ¡tantos años! Muchos deben ser porque empieza a costarme reconocer a los viejos compañeros, sobre todo si hace tiempo que no los veo, como a ti. ¡Venga un abrazo!

           Me pasa muy a menudo. Me alegra tanto reencontrar los amigos de la infancia, llegan de pronto tantos recuerdos, que no puedo comprender su distancia, su frialdad. En un momento vuelven a ser para los mismos niños con caras de adultos y se agolpan en mi mente mil instantáneas de otros tiempos. A la gente no le pasa lo mismo; no recuerdan casi nada y, lo que es peor, no conservan el sentido de la vieja amistad. Hace tiempo que decidí comportarme con fidelidad a mis propios sentimientos y pasar por alto la falta de entusiasmo de los demás. Por eso abracé a Jaime con calor, notando su extrañeza y su envaramiento.

          – Siempre que paso por aquí recuerdo el día del incendio –comenté cuando deshicimos el abrazo-, cuando Patxi subió a buscarnos, a ti y a mí, a la clase del ático haciéndose el héroe salvador, tosiendo como si hubiera atravesado un bosque de llamas o una cortina de humo irrespirable. Cuando bajamos, en cambio, apenas se notaba un ligero olor a quemado en la primera planta. Eso sí, al salir a la calle recibió la ovación divertida de todo el colegio y creo que hasta se fue convencido de habernos salvado la vida.

          – Si, así era Patxi, pero no recuerdo muy bien eso que cuentas. 

          “Como siempre”, pensé para mí. 

          – No te preocupes, es que padezco un síndrome de memorrea, memoria incontenible que suelto a raudales para intimidar a los desmemorizados como tú.

          – Sigues como siempre –contestó divertido, dejando asomar una sonrisa que de pronto deshacía todo el hielo del encuentro-. Eso de la “memorrea” te hubiera descalificado en el concurso de redacción de la Coca-Cola. 

          – No me hubiera importado tanto –respondí- como la nota de dibujo de aquel día. Era más baja que la tuya porque tú estabas abonado al sobresaliente hicieras lo que hicieras, pero mi dibujo era mejor. Es lo que discutíamos en el momento del incendio. Nos habíamos quedado en clase comparando los trabajos cuando oímos gritos en la calle. Todos los demás estaban abajo y se habían dado cuenta de que faltábamos nosotros dos. Mientras nos asomamos a la ventana, entró Patxi por la puerta montando el numerito del héroe salvador. 

          – Es verdad… ya recuerdo. Bajamos las escaleras de dos en dos. Cuando llegamos a la calle, se había organizado un lío tremendo con los coches de bomberos, las sirenas, las mangueras y todo el colegio en la puerta. Es increíble cómo se olvida todo…

           – Llegaron a romper con hachas el suelo de madera de las clases del primer piso para que no subiera el fuego.

           – Y unos periodistas preguntaban qué pasaba, pero no teníamos ni idea.

           Jaime se animaba a medida que afloraban los recuerdos y eso me ayudó a continuar con el relato. 

          – Exacto. Telletxea, que a veces se las daba de entendido, como de saber cosas de mayores que los demás ni olíamos, dijo que el señor de la libreta era Miguel Vidaurre, el cronista.

           “Estaba preguntando a los frailes y a los niños por la causa del fuego pero nadie sabía responder con seguridad. Algunos pensaban que el fuego tenía que haber empezado en la cocina, pero la vivienda de los hermanos estaba en el último piso y el fuego parecía proceder de abajo. Más tarde se supo que empezó en la sacristía, que estaba en el sótano, porque las brasas del incensario habían prendido en las ropas del cura. Era sábado y por eso teníamos misa con función solemne, custodia, incienso, cantos del coro acompañados con armonio, todo el tinglado… y clase de dibujo”. 

          – Si, es verdad –añadió Jaime-. El capellán, don Ignacio Bereciartúa, estaba hecho polvo, hablando con el director y con el jefe de bomberos. Y Pepelu, que era el monaguillo del colegio, no sabía ni qué cara poner.

           – Pepelu… claro, Pepelu. Empezó entre curas y eso debió marcarle para toda la vida. Estuvo en el seminario aunque acabó casándose. Muchas veces pienso que hay un momento en la primera infancia que define nuestra personalidad para siempre. Creemos haber cambiado porque nos sale barriga, se nos cae el pelo y ponemos o se nos pone cara de mayores. Es cierto que crecemos pero de verdad, de verdad, no cambiamos. En el fondo seguimos siendo los mismos niños con peor humor. 

          – Y tú –ahora Jaime preguntaba con verdadero interés- ¿no eras también monaguillo?

           Creí advertir un tonillo de sarcasmo en su voz que pasé por alto 

          – Si, si, en la parroquia del barrio, ya sabes, en la Sagrada Familia, pero en el cole, el monaguillo venía con don Ignacio de la Catedral.

           Seguimos hablando, mirando el pequeño portal como si todavía fuera el del patio del colegio, como si todavía se pudiera pasar al interior de aquel gran espacio hueco en el centro del edificio, de varios pisos, cubierto con techo acristalado. En la planta baja, la capilla estaba al fondo. A la izquierda, una gran puerta corredera cerraba el escenario para el cine dominical o el teatro de las ocasiones solemnes. En todo el perímetro de esa planta rectangular se abrían también puertas a varias aulas, los baños con “abrevaderos” de grifos altos y una impresionante escalera a la derecha para acceder a la planta superior. En el rellano, sobre la pared frontal, estaba clavada una gran placa de mármol con una lista de nombres que ya no recuerdo si eran antiguos alumnos, caídos en la guerra o mártires de la Iglesia. En la primera planta un corredor rectangular rodeaba el patio abierto y distribuía las aulas. En una de las esquinas, una escalera daba acceso al último piso con dos aulas más y la vivienda de los frailes. 

          Han pasado muchos años y sin embargo puedo recordar cada rincón, cada sonido, el ambiente ruidoso, las cantinelas de los niños cambiando de soniquete al pasar por cada puerta y el rancio olor a cerrado, impregnado de humedad, tinta y madera.

           Seguimos hablando, desbrozando los recuerdos, acercándonos a los niños y amigos que un día fuimos. Al final, rota la melancolía con un par de anécdotas que nos hicieron reír con franqueza, nos despedimos como suele hacerse en estas ocasiones, con promesas de reencuentro y citas para cenar que, de forma milagrosa, alguna vez llegan a concretarse. 

          Ya no llovía. Di la vuelta hacia las escuelas de Amara y giré en la calle Urbieta en dirección a la Avenida. Alzando la mirada, apenas distinguía el contorno del Sagrado Corazón, cegado por el resol.

           “Y tú, ¿no eras también monaguillo? 

          Oía las palabras de Jaime una y otra vez, como un eco reverberante que daba vueltas en mi cabeza. Tal vez había imaginado el tono irónico y la sonrisa de medio lado, quizá su pregunta fue totalmente inocente, pero no podía dejar de pensar que de alguna forma, él también estaba en el secreto. O que todo el mundo estaba en el secreto, vete a saber. 

          Sí que era monaguillo. Y un manazas. Un tímido y un manazas. Me ponía tan nervioso el público de la iglesia a mi espalda que era capaz de la mayor torpeza. Por eso no había dicho nada en el cole, para no tener que ayudar en la misa con todos los profesores y compañeros observando cada uno de mis gestos. Pero aquel día, Javier, el otro monaguillo, estaba enfermo. Había sesión solemne y no encontraban un sustituto, hasta que alguien dijo que Zarategui era monaguillo de la Sagrada Familia. Y no pude decir que no, tuve que acompañar a Pepelu. Fue la única y lamentable ocasión en la que asistí al capellán del colegio. Por eso, quizá, nadie más se acuerda de que “el otro monaguillo” era yo. Me pasó de todo. Se me cayó el libro al pasarlo de un lado a otro del altar, derramé las vinajeras sobre el mantel y, cuando intenté encender la palmatoria para acompañar la Comunión con la llama de dos velas situadas a ambos lados del altar sobre sendos candelabros, las apagué. Primero la de un lado y luego la del otro. O por lo menos, así lo recuerdo. Es posible que todavía fuera peor y que la memoria, misericorde, haya borrado los peores pasajes de aquella actuación que parecía escrita para una serie cómica de televisión. Si no fuera porque en aquel tiempo la gente no podía reírse de ciertas cosas, me imagino a los profesores mirando para el otro lado, sujetándose el bajo vientre y llorando, tratando de no deshacer el gesto de una cara sofocada por la risa. Y a los niños, mudos de asombro preguntándose si me había vuelto loco o estaba interpretando para “Objetivo Indiscreto”, el primer programa de cámara oculta que hacía furor en aquella TV de blanco y negro.

           Cuando terminó la misa, bajamos la escalera de caracol situada detrás del altar, acompañando a don Ignacio que, ¡pobre!, no decía “esta boca es mía”, no sé si mudo de asombro por lo singular de mi actuación o porque su venerable condición de anciano sacerdote le impedía ser consciente de los sucesos que daban chispa a la vida del resto de los mortales. El caso es que se fue, dejándonos a Pepelu y a mí dueños de la sacristía, del vino dulce y de los recortes sin consagrar. 

          En aquella primavera de 1961 a todos los niños nos gustaba el dulce. Jamás conocí uno que rechazase un pastel. Sólo Santi Rodríguez, que tenía tienda de ultramarinos y estaba mucho más viciado que cualquiera, cedía a veces la chocolatina de la merienda al que ese mes tuviera la suerte de ser su compañero de pupitre. El resto nos moríamos por cualquier golosina. Recuerdo todavía el gran dolor que me produjo conocer la enfermedad de un niño, hijo de un compañero de trabajo de mi padre, que no podía comer nunca un pastel y, además, tenía que pincharse él mismo. Diabetes me pareció la palabra más terrible del diccionario. No entendía cómo podía existir un castigo tan cruel de la Naturaleza, o de la Providencia, que entonces tampoco estábamos tan descreídos como ahora.

           El caso es que allí estábamos los acólitos, zampando recortes y bebiendo vino dulce que era una verdadera gloria. Lo que pasa es que entonces tampoco se estilaba desayunar demasiado, sobre todo si tenías que comulgar, porque había que guardar tres horas de ayuno. El vino produjo un efecto muy placentero pero también redujo considerablemente nuestra capacidad de alerta y un mareo más que regular al caer a saco en nuestros estómagos vacíos.

           No sé muy bien de quién fue la culpa del incendio. Supongo que Pepelu, el veterano, era el encargado de apagar las brasas de incienso. No lo hizo. Ni yo. Tampoco guardamos la casulla, el roquete, el sobrepelliz, la estola, el alba, el amito y toda la colección de prendas litúrgicas que teníamos que memorizar en la clase de Religión.

           Y prendieron.  

          Se hizo una bonita fogata que ascendió por las escaleras de madera de la sacristía hasta las columnas barrocas del altar y quemó el colegio. O parte de él, que tampoco fue para tanto, que no perdimos ni un día de clase aunque sólo fuera para adecentar el suelo destrozado por el hacha de los bomberos.

          Nunca dije nada y nunca nadie me preguntó, pero Pepelu y yo sabemos quienes fueron los auténticos responsables del incendio. Aunque al día siguiente la foto en el periódico no fue la nuestra, sino la del héroe del momento, Patxi, forzando la tos por un humo invisible al salir del portalón, con el fondo de una multitud enfervorecida, batiendo palmas en una ovación que no le dejó dormir de pura emoción durante una semana.

          Miraba hacia el Sagrado Corazón y el resol me nubló la vista un segundo. Eso tuvo que ser, una ceguera momentánea, ya que por un instante pensé que la enorme estatua que domina la ciudad desde el monte Urgull me guiñaba un ojo mientras el eco de las palabras de Jaime se trocaban en mi cerebro por las que desde el monte componían un mensaje de perdón.

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Eduardo Escobar Martínez

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