Despedida inglesa

          Agotada nuestra estancia en Inglaterra quedaba el recuerdo de campos que encarnaban la historia viva del fútbol, una historia que en algunos momentos pudimos sentir intensamente e incluso compartir. Al terminar el partido es costumbre que el equipo anfitrión agasaje al visitante en el club social, con ambiente de pub británico, unas cervezas y un bocado. En Newcastle, jarra en mano, conocimos personajes como Alan Ferguson o sir Stanley Mathews. No podía creer que ese atento caballero inglés que estrechaba mi mano fuera el mismo que en mi infancia viera despedirse del fútbol a sus cuarenta años en un partido-homenaje que fue transmitido a toda Europa y que en mi barrio algunos afortunados pudimos seguir en la única televisión del contorno, la del joyero Rezola.

           Choca con nuestras rígidas normas médico-deportivas la permisividad inglesa que alienta ese tipo de costumbres, pero he de admitir que en mi limitado conocimiento de la naturaleza humana y aún de la ciencia médica –se me ha de disculpar porque soy traumatólogo- me parece una sana costumbre saltarse un poco la académica imposición de algunos fisiólogos a favor de un momento de distracción y de convivencia después del enfrentamiento en el campo de juego.

            El viaje empezaba a pesar. Tanto tiempo fuera de casa, la convivencia estrecha en grupo cerrado con la tensión añadida de la competición en tierra extraña, generan momentos de tensión que hay que rebajar. El mister era un verdadero experto y manejaba estas situaciones con habilidad adquirida a lo largo de sus muchos años de experiencia como jugador y como entrenador. Tensaba la cuerda porque la gira constituía parte del entrenamiento, no sólo en el aspecto deportivo; también suponía un ensayo para situaciones estresantes que habrían de presentarse a lo largo de la temporada. Pero llegada la ocasión, sabía romper el clímax. El primer momento de relajo pudimos disfrutarlo en Londres con una cena de despedida en un chamizo del Soho, propiedad de nuestro amigo Borko, un personaje balcánico que actuaba como intermediario en la contratación de jugadores de la extinta Yugoslavia.

            Borko regentaba un chiringuito que ni de forma caritativa podría llamarse restaurante. Ocupaba un sótano de una calleja perpendicular a Oxford Street, que sólo una mente muy audaz o muy calenturienta podría haber imaginado para ese fin. El caso es que nos importaba menos el local que el ambiente y la posibilidad de un estallido de alegría sin guardar la compostura delante de extraños. Bastante lo habíamos hecho en restaurantes elegantes y hoteles de lujo, uniformados en la vestimenta y en las formas. Estábamos solos y, por primera vez, disfrutando de un menú a capricho, sin respetar las normas dietéticas de la competición.

            Lo pasamos en grande. Algunos acompañaron la cena con un Rioja que Borko se encargó de servir, como detalle añadido de su simpatía y hospitalidad, pero la mayoría preferimos comulgar con el ambiente británico y brindar con unas jarras de cerveza. Acabamos recordando las anécdotas del viaje, riendo y cantando. Nos retiramos temprano porque al día siguiente partíamos hacia Portugal. En la calle tuvimos que esperar un rato hasta la llegada del autobús y allí, en la noche londinense, en una encrucijada del Soho, fui testigo de una escena que se repetiría de forma constante en sucesivas giras de pretemporada: Richi se cabreó. Richi se cabreaba un día en todas las giras y su cabreo era aceptado como parte del programa. 

 

            Viajábamos con un solo utillero y el pobre Richi estaba desbordado manejando baúles, encargándose del reparto de mudas y uniformes, limpiando el calzado y realizando esas mil tareas anónimas que muchas veces no se aprecian porque son aceptadas como habituales. Todos procurábamos echar una mano pero pasa como con las amas de casa: echar una mano es sólo una pequeña parte de la tarea. Y Richi acababa por cabrearse… sobre todo si Iñaki Anza se encargaba de pincharle haciendo gala de su natural juguetón, tomándole el pelo sobre vete a saber qué pequeña anécdota de la cena. Claro que si lo haces imitando el deje al hablar del propio Richi, las posibilidades de cabrearle son algo mayores…  

           

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

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