Cuarto y reválida

            Don Angel, el Pingüino, no defraudó las expectativas despertadas el primer día de clase. Fue un profesor irrepetible, el más extravagante, el más caricaturesco y caricaturizado, el más exigente. Caer en su clase suponía una experiencia de las que marcan para el resto de la vida. Sus primeros alumnos, los de segundo de bachiller promoción de 1954, nunca lo olvidaron.

           Vivían el colegio con una intensidad como nunca hubieran podido imaginar, con una tensión que destrozaba los nervios. Cada día se repetía un examen de todas las asignaturas impartidas por el Pingüino, que eran bastantes. Del resultado de cada examen se derivaban consecuencias que para alumnos de calificaciones insuficientes suponían el cumplimiento de sanciones inmediatas. Y don Angel no se andaba por las ramas con el baremo de castigos que nadie sabía de dónde habían salido a pesar de su declaración del primer día sobre bolsillos, cartera y escritorio que no los tenían.

           Como para compensar, las tardes estaban a cargo del hermano Pablo, un joven fraile corazonista que compartía el destino de sus alumnos desde el año anterior, cuando todavía estaban en Sanchez Toca. En lo que estuvo en su mano trató siempre de compensar la dureza de las mañanas con tardes sosegadas, fomentando el amor a las Matemáticas -ya tiene gracia- por simple contraste con el ambiente crispado de Lengua y Literatura, Francés o Religión que eran las asignaturas de su colega.

 

           La jornada en el colegio comenzaba a las nueve de la mañana pero la clase de don Angel, no. La clase de don Angel, a las ocho y media; por decreto personal. El recreo de media mañana quedaba suprimido. En cinco minutos, en silencio y formación rigurosa de dos filas, los cincuenta alumnos pasaban por los aseos para cambiar de aguas. Y la salida de la una quedaba sistemáticamente aplazada a la una y media. Por si no fuera suficiente el acoso horario, citaba a toda la clase a las siete de la tarde para prolongarlo hasta la hora que estimara conveniente, rozando el límite tolerable incluso en una época en la que todavía coleaban máximas como aquella de la letra con sangre entra, que contaba con la permisividad y hasta el apoyo incondicional de los padres.

           Con ese horario duplicado que se prolongaba con frecuencia hasta el domingo por la mañana, don Angel pretendía remachar sus asignaturas sin fisuras, conseguir que el curso en pleno dominara las materias, que sus enseñanzas permanecieran inmunes al olvido no sólo para que dos años más tarde se mantuvieran frescas en el examen de reválida de los cuatro primeros cursos de bachiller sino por cumplir un objetivo profesional idealizado: había hecho de su trabajo una misión sagrada, de su docencia una cruzada incansable que martirizó a sus alumnos hasta el agotamiento pero que para él mismo supuso un esfuerzo tremendo en intensidad y dedicación.

 

           Y lo consiguió. Cuarenta y cinco años más tarde todavía se recuerda el análisis sintáctico de las oraciones aseverativas, afirmativas, impersonales y  transitivas, el vocabulario francés de las hortalizas en el mercado de Les Halles de Paris, la visita de Jesús al centurión –domine non sum dignus- o la relación litúrgica de los ornamentos y hábitos clericales desde el amito y el sobrepelliz hasta el cíngulo, la estola o la mismísima tiara papal.

           Después de segundo disfrutaron de un año maravilloso y relajado en la clase del hermano Cirilo con unas horas para las matemáticas del hermano Felipe. Pero en cuarto la desgracia se cebó de nuevo con la promoción del cincuenta y cuatro. Volvieron a caer en manos de don Angel y la cosa fue a mayores: sentada la autoridad indiscutible del profesor, aceptado su formidable, exigente y poco ortodoxo sistema didáctico, renovó su esfuerzo con los mismos alumnos –dos años mayores- con el objetivo puesto en el trofeo de la reválida, un examen fuera del colegio en directa competencia con otros colegios y otros sistemas educativos. Sólo que en cuarto su coequipier no fue el hermano Pablo sino el incalificable hermano Juan, más conocido como “el Nerón” Excuso dar explicaciones sobre la procedencia de semejante mote.

           La tortura se multiplicó por dos. El Nerón tenía filias y fobias, sabía apretar la tuerca y tocar la fibra psicológica. No desperdició esfuerzos en levantar una mano pero fue tan temido o más que su compañero. Aplicó un particular sistema pedagógico en la enseñanza de sus asignaturas –Matemáticas, Física, Química, Ciencias Naturales- concebidas no como ciencias deductivas sino memorizables. Repartió un cuestionario con todas las preguntas posibles acerca de sus asignaturas, preguntas cortas de respuestas cortas, que obligaba a memorizar todos los conceptos teóricos. Otra cosa eran los problemas prácticos pero en ese terreno se limitaba a exponer el planteamiento y desvelar la solución. El proceso verdaderamente deductivo, el que ponía a prueba el cacumen de los alumnos estaba fuera de su competencia, correspondía a la capacidad intelectual de cada uno de ellos y esa independencia sin tutelar molestaba bastante al orondo profesor. Daba la casualidad de que sus alumnos preferidos eran aquellos que cumplían con el trabajo de memorización y repetían las respuestas del cuadernito del papagayo. Los listillos que resolvían problemas no le caían nada, pero nada bien.

           Don Angel seguía con su método: al término de la jornada escribía los deberes para el día siguiente utilizando el tercio izquierdo de la pizarra en una lista infinita de lecciones para estudiar en casa  Por completar el escaso horario escolar, vamos. Un día cualquiera podía plantar la siguiente nota: TAREAS PARA MAÑANA. Francés: vocabulario de las lecciones 12, 13, 14, 15 y 16, verbos être, aimer, vivre y lectura de la lección 16; Historia de la Iglesia de 3º, lecciones 8, 9. 10 y 11; Literatura, lecciones cinco y seis, figuras literarias, de pensamiento y de dicción; Historia, Edad Media Media y Renacimiento.

           Era una misión imposible y nadie podía creer que el mismo profesor no lo entendiera así, pero al día siguiente, a primera hora de la tarde –en cuarto cambió su turno porque era más fácil prolongar la jornada desde el horario de tardes- decía: “Tienen unos minutos para repasar las lecciones de Historia; a medida que se lo sepan, se van poniendo de pie”

           Quien se ponía de pie declaraba que lo sabía… ¡todo! Luego, claro está, había que demostrarlo. Elegía media docena de alumnos para comprobar si habían dicho la verdad. El que no era capaz de responder recibía un bofetón seco y audible a varias millas de distancia. En una mala tarde podía tocar la china al mismo desafortunado hasta cuatro veces. Todo el mundo trataba de hacerse invisible  encogiéndose, colocándose tras la pantalla del compañero de la fila anterior, agachándose para atarse el zapato…

           El que no se levantaba es que no sabía la lección y recibía el bofetón de todas formas después de responder a un cruel interrogatorio sobre las causas de su incapacidad para el aprendizaje. A pesar de lo trágico de algunas situaciones, la puesta en escena parecía sacada de una comedia de Hollywood más que de una tenebrosa película española de posguerra. La estampa desgarbada del Pingüino inclinada hacia delante, el balanceo de sus brazos y las peculiares expresiones que cada tarde repetía en medio de la expectación de los alumnos que las habían convertido en motivo de chirigota, añadían cierto interés a una clase que podía ser todo menos aburrida.

           -Usted, Vázquez, ¡atontaooo! ¡Vuele! ¡Vueleee!

           La última vocal mantenida se acompañaba de una colleja en el cogote del pobre Vázquez que prácticamente le hacía iniciar el vuelo.

           La frase del primer día, con el movimiento circular de la mano imitando un remolino, se convirtió en un clásico:

           -Yo cojo a esos chicos y me los mareo, ¡oiga!

           Y repetía algunas frases sin ninguna gracia que acabaron por convertirse en familiares y que, al ser pronunciadas, provocaban carcajadas a duras penas contenidas por los chicos y ya se sabe lo contagiosa que es la risa a esa edad.

           -Se-ño-ri-to A-ram-bu-ru… ¡Es usted más corto que las mangas de un chaleco!

           Pero lo mejor era la coletilla final, dicha en tono bajo y como para remarcar el sentido de la frase, por si no se hubiera entendido a pesar de repetirla todos los días:

           -Y eso que un chaleco no tiene mangas…

                                                                          

           Tenía fijación por dos o tres alumnos, además de Vázquez que recibía invariablemente su colleja reglamentaria. Repetia cada día un repertorio de gracietas totalmente insulsas que despertaban la carcajada general cuando por fin eran pronunciadas. Y eso le hacía crecerse, satisfecho de sus ocurrencias y de la respuesta del público.

           -Joseignacio Al-va-rez-de-E-u-la-te –tono sosegado, pausa teatral y estallido final con voz atronadora dirigida al nervioso Alvarez de Eulate mientras se mordía las uñas- ¡le voy a regalar un cortauñas! Para que en Navidad vaya por la  calle pidiendo el aguinaldo. Puede parar a la gente y decir:  “oiga, ¿me da una uña?

           Hubo algún conato de rebeldía –que hoy no se levante ni dios-  pero el concepto de solidaridad era todavía un pequeño germen sin desarrollar. Si el empollón que había sido capaz de seguir estudiando en su casa hasta la una de la mañana aguantaba las ganas de levantarse -porque sí se lo sabía- cuando iba pasando el tiempo sin que nadie se levantara y nacía la esperanza de una rebelión general, se ponía de pie, por ejemplo, el chivatín de clase.  Más que nada por joder, para resarcirse de las tortas que recibía todos los días.

           Pretender evaluar a toda la clase todos los días en  todas las asignaturas entrañaba cierta dificultad organizativa. Para conseguirlo intentó, por ejemplo, cambiar el test individual por un examen colectivo con varias preguntas cortas que se contestaran en cinco minutos.

           -¡Se terminó el tiempo! Todos los de la primera fila de pupitres pasen su examen a los de la tercera, los de la segunda a la cuarta, los de la tercera a la quinta, los de la  cuarta a la primera  y los de la quinta a la segunda. Los vamos a corregir.

           Utilizaba así a los propios alumnos para que unos corrigieran los exámenes de otros, alejando el corrector del corregido para evitar presiones directas como una mirada asesina del compañero que ve cómo el de al lado le pone un tres, pero no pudo acabar con la solidaridad –aunque no unánime, siempre latente- de los que al tiempo que calificaban un examen, añadían respuestas correctas al hueco en blanco, tratando de imitar la letra del compañero.

           Ensayó también el nombramiento de un grupo de correctores elegidos entre los alumnos más aventajados, pero se contaminaban con el germen de una solidaridad que -parece mentira- no acababa de ser erradicada. Pronto quedó muy claro que el examen escrito superaba en rendimiento al oral, que los resultados de la corrección mejoraban mucho los de la toma de lección. O la gente se ponía muy nerviosa a la hora de contestar directamente al profe o había gato encerrado.

           Y lo había, lo había. Fue surgiendo una resistencia organizada con recursos cada vez más sofisticados. Los recién estrenados pupitres de formica del colegio nuevo se sustentaban en un armazón metálico de tubos huecos en los que se podía esconder rollos enteros de pequeñas obras de caligrafía microscópica, chuletas de todas las materias a disposición de quien ocupara el pupitre. Se perfeccionó la falsificación documental, se mejoraron las imitaciones, el grupo de correctores acordó la subida de al menos tres puntos en todos los exámenes de los corregidos a su cargo y la habilidad personal de algunos artistas llegó al punto de manejar un libro entre las piernas, sujetarlo contra la parte inferior del escritorio cuando pasaba el profe y bajarlo hasta una altura que permitiera su lectura cuando se alejaba en otra dirección.

           Pero nadie superó el método de Juan Requejo, mediopensionista que todos los días se quedaba a comer en el colegio. Pronto descubrió que el aula contigua y por lo menos una ventana por aula, quedaban abiertas a medio día cuando el colegio quedaba vacío. No había muchos alumnos en régimen de media pensión y al terminar de comer quedaba dueño absoluto de todo el colegio. Jugándose el tipo, pasaba de una clase a otra a través de la fachada exterior y abría el cajón del profesor con una llave duplicada que nadie supo cómo llegó a sus manos. Con la sistemática propia de un espía de la guerra fría extraía un gran cuaderno cuadriculado en el que don Angel recogía las puntuaciones de todos los días con artísticos números a lápiz que Juan borraba y sustituía por otros, digamos más adecuados a su interés personal.

           Lástima que fuera descubierto. Una mejoría tan notable en el resultado final de las notas no podía pasar desapercibida a la perspicaz mirada del Pingüino que, pese a todo, lamentó mucho que aquel alumno con el que compartía mesa y mantel en el comedor del colegio no correspondiera al modelo de alumno en progresión que había ido trazando, gracias –pensaba él- a la beneficiosa influencia de su compañía diaria. El final fue desastroso: Requejo no había pegado golpe en todo el curso porque no le hacía falta estudiar para aprobar y tuvo que repetir. Años más tarde, sin embargo, estudiaría una carrera de alto nivel y terminó siendo profesor universitario. Seguro que nadie pudo copiar en los exámenes de este cocinero antes que fraile.

           No fue la única vez que alguien accediera al interior del aula a través de la fachada, aunque por motivos bien distintos. Los momentos de desesperación en aquellas tardes de evaluación y juicio sumarísimo podían despertar la ira incluso de gente apocada a la que nunca se le vio un gesto de rebeldía. Así era Jorge Maitegi. Llevaba una tarde dos sopapos por carrillo, la cara hichada por partida doble, dos lágrimas sin posible contención y tal furia contra los líderes cristianos de las Navas de Tolosa, la décima o espinela y el tipejo con pinta de pingüino que gesticulaba en la tarima, que no pudo reprimer el impulso de rayar el pupitre con un bolígrafo, dejando en bajorrelieve una marca azul, plasmando de forma rotunda su opinión sobre el profesor: “don Angel cabrón”.

           Cuando llegó a casa podría haber disimulado el rubor facial con el pretexto de una pelea, pero la indignación y el miedo a las represalias le sumieron en un llanto incontenible en cuanto su madre se interesó por las marcas indias en rojo de su cara.

           Aquella no era una madre común. Por la noche, con toda la familia en la cama, después de interrogar a su hijo sobre la situación geográfica de la clase y hasta del pupitre, salió a la calle, recorrió el trayecto hasta el colegio bordeando la orilla del río por un paseo oscuro y solitario y consiguió colarse en la clase e identificar la prueba del delito. Cepilló la madera, la frotó con lejía y consiguió un resultado aceptable, una marca muy llamativa, mucho mayor que la inicial, descolorida y rayada, pero sin rastro de la acusadora inscripción.

 

 

Sobre el autor

Eduardo Escobar Martínez

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