mayo 9th in 05. Cerca del verde by .

Traumatólogo de club

           Durante dieciocho años dediqué mi atención profesional al fútbol. Como en tantas otras actividades, no supe mantener una posición distante; me impliqué hasta las trancas y entregué todo mi esfuerzo, mis intenciones, mi ilusión y mi vida al club. Podía haber sido el médico, cumplir el horario, acudir a los partidos y cerrar la puerta de mi casa, impermeabilizado a su influencia una vez recuperado el control de mi intimidad. No fue así. Fui el médico pero arrimé el hombro en cualquier actividad tangencial que se pusiera a mi alcance. Hice de amigo, de padre, de confesor, de relaciones públicas, de organizador, de comunicador, de escudero… En algunas ocasiones soñé que el entrenador me sacaba del banquillo para jugar. En el banquillo, precisamente, me sorprendía a mí mismo estirando la pierna en un disparatado intento de manejo del balón a distancia.

            Viví fuertes emociones, alegrías y desencantos. Sufrí las derrotas como nadie y rompí las leyes de la gravedad y mis propias limitaciones físicas para dar saltos desde el banquillo cuando metíamos un gol. Quedé afónico animando a “mis” jugadores y protestando las repetidas y nefastas decisiones de un árbitro que no merecía el honor de su apellido –patronímico de un querido país asiático- que la tomó con nosotros y nos hizo perder muchos partidos.

            Me entregué tanto que fui capaz de renunciar a funciones que casi ningún cirujano hubiera puesto en otras manos. Tuve claro desde el principio que, siendo médico del club, no podía ser su cirujano. Lo fui, sin embargo, en muchas ocasiones: cuando un jugador lo pedía con insistencia. En los demás casos, llamaba a un colega para realizar la intervención aunque ello me costara un dolor de tripas. Fue muy doloroso ceder el bisturí en operaciones que realizaba todos los días con otros pacientes. En cierta ocasión, un miembro del consejo de administración me preguntó por qué lo hacía.

            -Mis razones son fáciles de entender –respondí-. Vine a este club siendo un joven cirujano, ya conocido en la ciudad y provincia, pero desconocido para la mayoría de los jugadores. En aquel momento, gracias al convenio de asistencia con la Mutua ASEPEYO, los jugadores se operaban en Barcelona con el doctor Borrell, jefe de servicio en la mutua y en el Barça. Todo el mundo estaba contento con la atención de Josep Borrell y yo no podía rivalizar con su bien ganado prestigio. A pesar del inconveniente de la distancia, continuamos con la inercia establecida. Se daba, sin embargo, la circunstancia de que en Donostia y en Policlínica Gipuzkoa éramos pioneros en técnicas artroscópicas y no podía consentir que se hiciera en otro sitio lo que, según mi punto de vista, se hacía mejor aquí. Por eso, poco a poco, cambiamos la tendencia y la mayoría de las intervenciones se hicieron en nuestra clínica.

            -Pero eso no explica por qué después no operas tú.

            -Tienes razón. A eso iba. Te voy a resumir mis razones. Creo que el paciente debe poder elegir el cirujano, mucho más en el caso de un futbolista que tiene la posibilidad de ser atendido en cualquier parte del mundo por los mejores o, al menos, los más prestigiosos especialistas. Si un jugador pide que le opere, le opero. Pero como norma general debo buscar una fórmula neutra para que sea atendido por alguien que no esté directamente relacionado con el vestuario. Imagínate el conflicto si me empeño en operar a un jugador y éste se niega para acudir a otro colega…

            -Lo entiendo –respondió el consejero-. Te has convertido en algo así como un traumatólogo consultor por pura generosidad, para evitar conflictos en el vestuario.

            -No del todo. No sólo por generosidad. También por un cálculo inteligente de la situación. Me he ganado la confianza de los jugadores porque diagnostico bien pero mi indicación de cirugía tiene credibilidad porque no soy quien debe realizarla. Además existe otra razón.. .

            Mi interlocutor permaneció en silencio, con expresión atenta, esperando mi explicación.

            -Los cirujanos contamos con una estadística de resultados y es ley universal que en nuestra relación hay un número fallido, de malos resultados. El mejor cirujano del mundo –lo comprobamos en cada congreso- declara una proporción de buenos, regulares y malos. Los malos rondan el 15% según la técnica que se esté analizando. ¿Te imaginas un cirujano de club que tenga ese porcentaje de malos resultados año tras año? Iría dejando un reguero de muertes deportivas. No podría durar cinco años. O veintiocho, que son los años de mi teórica dedicación al club hasta la edad de jubilación.

            -Ya veo. No es sólo generosidad.

            -No. Como te he dicho, es el resultado de un análisis de posibilidades y consecuencias.

6 Comentarios

  • txema aguirre
    10/08/2010
  • Eduardo
    11/08/2010
  • michel
    09/02/2011
  • Eduardo
    12/05/2011
  • luis rodriguez vazquez
    24/11/2011
  • Eduardo
    11/12/2011